Aprenda a estacionar

Hoy fui a subir al auto y vi un papelito enganchado en la ranura de la puerta. Pensé que era el humillante de siempre («COMPRO SU AUTO EN CUALQUIER ESTADO»), pero no. Con imprenta mayúscula y birome azul, decía: «APRENDA A MANEJAR. LOS DEMÁS TAMBIÉN NECESITAMOS ESTACIONAR».
Lo giré, pero no decía nada más: del reverso, en tinta negra, la gitana Sandra ofrecía un servicio de amarre de amores. Así que lo que estaba dedicado a mí era la queja. Pensé un «chupala» y estuve a punto de tirar el papel, pero me lo guardé. Me di cuenta de que me había dolido.
Manejar es una de las pocas cosas, sino la única, que hago bien. Más allá de la habilidad para el asunto, soy responsable, solidario y también tengo temperamento y carácter con los vivos al volante. Disfruto manejar. Pero ahora alguien me decía que no sirvo ni para eso.
Es como que a Messi le digan «Le pegás como el orto», o que le quieran enseñar a hacer tostadas a Martitegui. No, no hay forma de que eso pase. Y no hay forma de que yo maneje mal, y de que además haya tenido una actitud egoísta con el prójimo en materia de vialidad.
Repasé el lugar donde estaba estacionado. A mano izquierda, en una calle que lo permitía. Cuando lo dejé, había espacio para tres autos. Un auténtico milagro en pleno Caballito. Lo estacioné bajando la música y sacando la lengüita, como corresponde, y me fui a dormir satisfecho.
Al día siguiente, después de leer ese papel injusto, tenía autos bien estacionados delante y detrás. ¿Quién, entonces, habría puesto ese cartel hiriente? Alguien que no había podido cumplir el cometido. El dueño de un Scania, de un Motorhome, tal vez. Si no, ¿para qué?
Esa tarde me fue muy mal en el trabajo. Como todas las tardes. Pero la diferencia fue que esta vez no me importó. Mi cabeza estaba en otra parte.
«APRENDA A MANEJAR. LOS DEMÁS TAMBIÉN NECESITAMOS ESTACIONAR».
Me hería que encima me tratara de usted.
¿Era posible encontrar a quien había ofendido? A lo mejor tenía razón, y yo no me estaba percatando de mi falta. En tal caso podría disculparme y sentirme mejor, aunque ya nadie acepta disculpas: para el desconocido, si te equivocaste fue a propósito y lo quisiste cagar con algo.
Comencé a pensar de qué manera podría dar con el autor del mensaje anónimo. Le di mil vueltas al asunto durante muchas noches, lo que me trajo serios problemas con el sueño, y sobre todo durante muchas tardes, lo que me trajo serios problemas con el trabajo.
No tenía muchas pistas: solo una letra en imprenta mayúscula que me gritaba desde una fotocopia que había pegado la gitana Sandra en cualquier poste de luz. Analicé la letra, pero hasta eso era normal. Apenas la A era curiosa, con el palito muy abajo, casi parecía un triángulo.
Visité en distintos horarios la zona donde me habían dejado el mensaje. Ningún otro conductor había sido increpado, o al menos no pude toparme con ningún trozo de papel descartado ni sujetado contra la puerta de los autos que ahora estaban estacionados en el mismo sitio.
La inspiración me llegó en el momento menos indicado: cuando mi jefe -que no sabe hacer mi trabajo y por eso es mi jefe- me decía que tenía que empezar a concentrarme si no quería terminar fuera de la empresa. Le contesté «Para el jueves está listo» y me fui sin darme vuelta.
Ahí sí fui imprudente al volante. Por miedo a olvidarme la idea, usé el celular todo el camino para plasmarla en las Notas, y pasé entre cuatro y diecisiete semáforos en rojo por el pánico a que se me olvidara. Al llegar a casa, abrí la notebook y empecé a diseñar las circulares.
Tomé tres modelos: el del profesor de guitarra, el de la bruja tarotista que además hace limpiezas y el de las escorts de Avenida Corrientes. Pasé toda una noche engrampando los carteles contra los postes, sobrepoblando Yerbal, la cuadra donde había estacionado aquella vez.
El plan era poco ortodoxo, admito: quien ofrecía el servicio pedía retirar el papel troquelado con el número telefónico (el mío) y sugería que el interesado dejara su nombre de pila escrito en el papel. Era la única estrategia que se me había ocurrido para comparar caligrafías.
Por supuesto que eso último no dio frutos. Mucho menos con el volante de las escorts. La imagen de la estrella porno en blanco y negro suscitó muchos llamados telefónicos que se decepcionaron con mi voz, pero ninguno dejó su nombre escrachado en el cartel.
Tres tardes después, frente a mi jefe, me di cuenta de que era un pelotudo. No solo él, sino yo también: ¿quién iba a anotar su nombre en un cartel anónimo en un poste? Y sin embargo, fue ahí cuando sonó el teléfono.
—Si llama por el aviso de la escort Juliana, caducó— advertí, mientras mi jefe torcía la cabeza como los perritos—. ¡Ah, ah! Disculpe. Sí, claro, limpiezas, feng shui, sushi, lo que quiera. Claro, calle Yerbal. Pero para que fluya la energía, usted tiene que hacer su parte.
Le dije a la señora que llamaba que fuera hasta el cartel de donde había retirado mi número y anotara su nombre. No le había dicho eso ni a Luz de Avenida Avellaneda ni a Leonor de calle Espinosa. Pero Elsa, con A y de calle Yerbal, sin dudas tenía que hacerlo.
Cuando encontré por fin el nombre, escrito en imprenta mayúscula y con una A que parecía un triángulo, casi me pongo a llorar.
Faltaba ejecutar la fase complementaria del plan. Como era la fase que le seguía a la primera parte, le puse de nombre “fase 2”. Tras el golpe de suerte que me hizo dar con Elsa, me sentía inteligente, poderoso, pijudo: una mezcla de Bill Gates y Alex Caniggia.
Me acerqué a la dirección que me había dado Elsa por teléfono y toqué timbre. Sonó casi al lado mío: vivía en la planta baja.
—¿Sí?— preguntó Elsa por el portero.
—Buenos días, señora, soy del Gobierno de la Ciudad.
—Decile a Larreta que se vaya a la mierda— colgó.
Volví a la carga, pero la que habló primero fue Elsa.
—Nene, tengo más cuentos del tío que tu abuela.
—No necesita abrirme, señora. Es una encuesta por portero eléctrico. Soy del Área de Buena Convivencia y Armonía Urbana Intrabarrial.
—Cómo roban con esos cargos, hijo…
Apuré el asunto.
—Es solo una pregunta, para mejorar la relación con los vecinos. ¿Hay alguna actitud vecinal que le genere incomodidad dentro del barrio?
—Preguntame si hay algo que no me moleste, más fácil…
—Si tuviera que decir una…
—No tengo tiempo, querido.
Me jugué la última ficha.
—Gracias de todas maneras. Volveremos a consultarla cuando se inaugure el estacionamiento.
Un instante de silencio me confirmó el golpe de efecto.
—¿Van a poner uno?
—¿No sabía? El mes que viene. Ya no se podrá estacionar acá por eso.
La voz de Elsa ahora irradiaba alegría.
—¡Qué buena noticia! Al fin van a dejar de joderme la puerta de casa…
—¿A qué se refiere? ¿Me cuenta?
—Acá estacionan todos. Pero hay uno que tiene un auto tan, tan de mierda, que lo veo por la ventana y me entra una depresión…
—…Me arruina el paisaje, qué querés. Encima el pibe tiene una cara de pelotudo, pero no de pelotudo solo, de frustrado y pelotudo. No estaciona siempre, pero debe vivir por acá, porque cada tanto emboca el lugar y… Mamita, es como tener un cuadro de El Bosco en la vereda.
Tragué saliva y luché por seguir escuchándola.
—Y te digo, maneja como el culo.
—¿Le parece?— casi grité.
—¡Pero sí! Una vez tocó al auto de atrás…
—¡Le puede pasar a cualquiera!— me atajé.
Elsa chasqueó la lengua.
—Es un boludo. Si tuviera, no sé, un autito como ese de ahí, miro desde acá, ¿vio qué lindo se ve? Pero tiene ese cacharro de pobre y fracasado que si me estaciona en la puerta de casa, me cierra el apetito.
Eso último casi no lo escuché. Me había alejado del timbre, asqueado y avergonzado. Qué vieja de mierda, pensé, aunque en realidad solo sentía pena por mí: su discurso había sido tan demoledor para mi autoestima como el cartel en el que me decía que no sabía manejar.
Cuando llegué a la esquina volví a mirar al departamento de Elsa. En la puerta se liberaba un lugar para estacionar. Me aspiré los mocos y activé la fase 3.
Llegué al auto sin aire, entre la corrida y el barbijo. Lo saqué arando. Es un auto chico y el motor 1.6 le da una potencia ridícula, pero muy útil para ganar metros en los semáforos. Di la vuelta de manzana casi a ciegas. Doblé en la esquina y vi que el espacio seguía disponible.
Tenía que llegar antes que nadie. Pisé el acelerador y apunté al hueco de poco menos de cuatro metros donde mi auto entraba perfectamente. La voz de Elsa me retumbaba en el cráneo. «Pelotudo», «cacharro», «fracasado», «aprenda a manejar», «amarre a su amor con la gitana Sandra».
Realicé la maniobra justo a la altura del lugar vacío: pegué el volantazo en el instante exacto y, a unos 80 kilómetros por hora, atropellé el cordón y me incrusté de frente y de lleno en el living de la vieja hija de mil putas de Elsa.
Me bajé tambaleando, sordo por el estruendo. La sangre de la cara se me mezclaba con la transpiración. Intenté caminar erguido y orgulloso, tal vez mortalmente herido, con el gesto ese que pone Bruce Willis después de contener una granada con el ano.
Salí a la calle. La gente gritaba cosas que yo no podía registrar. Caminé alejándome de la escena. Vi un papelito en uno de los coches estacionados, en la ranura de la puerta. «COMPRO SU AUTO EN CUALQUIER ESTADO», decía.
Me lo guardé.
Y se escucharon las primeras sirenas.

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