A propósito de la terapia online

Ayer decidí que nunca más voy a tener terapia por videollamada. No voy a volver a llamar a Vanina para tratar mi neurosis. Si alguna vez lee esto, a lo mejor entenderá por qué.
De la interminable lista de cosas horrendas que nos dejó hasta ahora la pandemia, como hacer colas de cincuenta metros para comprar una banana o coger con el codo, creo que las videollamadas es la peor de todas. Odio Zoom, Whatsapp, FaceTime que nunca usé pero sé que existe y toda plataforma que permita que otro humano que está al pedo en su casa me llame, de por sentado que quiero y puedo atenderlo, y luego me fuerce a ver nuestras caras en un primer plano pavoroso y contrapicado.
Vanina era mi psicóloga de toda la vida. Arranqué con ella el año pasado, pero nunca había ido a otra, así que era mi psicóloga de toda la vida. Comencé justo antes de la pandemia, y lo cierto es que, en muy pocas sesiones, pude tomar confianza y destrabar algunas cosas. Cuando me anunció que ya no atendería de forma presencial, discontinué la terapia. Me sugirió seguir por videollamada, y como no había llegado a resolver mi problema de no saber decir que no, rompí de un martillazo la cámara frontal del teléfono para tener una buena excusa.
«En abril, cuando todo esto se termine, vuelvo a llamarte», le dije hace casi un año. Me pregunto si alguna vez trataremos en terapia el tema de mi inocencia, mi optimismo perverso o mi pelotudez crónica. Ojalá que sí.
Había un componente económico por el cual evitar ese tipo de encuentros (¿a cuenta de quién correrían los pañuelitos?) y también uno de intimidad: conversar en privado en mi departamento es imposible. Las paredes del edificio son tan delgadas que muchas veces pienso que las construyó un nutricionista. Para colmo la ventana da al pulmón del edificio, que amplifica como si fuese un home theatre de hormigón. A veces, para entretenerme, no solo escucho lo que hablan los vecinos, sino también lo que piensan.
El 19 de diciembre mi novia agarró sus cosas y se fue de casa. Se cumplían diez meses de cuarentena. «En condiciones normales, yo puedo bancarme a un boludo ocho horas, descontando las ocho que trabajo y las otras ocho que duermo; pero no las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana», se despidió.
Uno de los principales conflictos fue su acusación permanente e infundada de que nunca escucho lo que me dice. Y también algo más que ella dice que dijo, pero yo creo que se imaginó que me lo dijo y no.
La psicóloga había mencionado algo de mis mecanismos de negación. Según ella, cuando me enfrento a un problema tiendo a relativizar sus alcances y a entregarme a las soluciones mágicas. Pero yo creo que no es para tanto y que Rocío va a volver pronto, si Dios quiere.
Pero Rocío no volvió ese día, ni los treinta siguientes y contando. Así las cosas, hace una semana exacta, levanté el teléfono y llamé a Vanina. Me programó una sesión para las tres de la tarde del día siguiente.
—¡Hola, Fede! Tanto tiempo— me saludó desde un ampuloso estudio pagado no sé si con mis impuestos, pero de seguro sí con mis angustias.
—Hola, Vani— la saludé desganado.
—Estás muteado— me contestó.
Puteé y toqué el micrófono tachado.
—¿Ahora me escuchás?
—Sí, perfecto. ¡Arreglaste la cámara frontal!
—¿Eh?
—La cámara del teléfono.
—Ah, sí. Al final no estaba rota. Era…—la pandemia me inspiró— un virus capaz, creo.
Debo decir que, aunque me distraía estar mirándome todo el tiempo para exhibir mi mejor perfil, rápidamente olvidé que se trataba de una sesión online. Cuando le conté la ida de Rocío, lloré como un marrano, aunque nunca vi llorar a uno, pero por lo que dice la gente deben llorar mucho.
De golpe, la voz de Vanina se robotizó y la cara se le desgranó en decenas de cuadrados pixelados, deformándola por completo. Grité del susto. Enseguida le volvió el Wifi y su cara de Guernica volvió a parecerse a la de un ser humano.
—¿Y qué pensás de todo esto? — dijo por fin.
—Que no te llega buena señal, quizás si te ponés cerca del router…
—Digo de lo que hizo tu novia. De su abandono. ¿Estás seguro de que es eso lo que te duele?
No contesté de inmediato. Medité un poco. Pero entonces la voz de un hombre irrumpió desde el silencio.
—¿Y si no es por amor que sufrís, si no que estás haciendo el duelo de la costumbre, del territorio de lo confortable?
Miré a Vanina, pero de sus labios no había salido ninguna palabra. Me asomé al pulmón del edificio y observé a Omar, del cuarto piso, en cuero y acodado contra su ventana. Levantó sus cejas como diciendo «pensalo, puede ser».
—Bancame que cierro, Vani.
—A lo mejor no estás haciendo un duelo de la pareja, sino de un orden establecido que te resultaba cómodo— retomó ella.
—Sí, eso es lo que dijo Omar recién…
—¿Quién?
—Nada, nada.
La charla fue más productiva de lo que imaginé. En pocos minutos pasamos por mi indeseable soltería, los traumas de mi niñez, mi necesidad “intensamente freudiana” de algo que no entendí y la contribución de Soldano en el Boca de Russo, aunque ahí me pidió que no me distrajera tanto.
El asunto se puso problemático cuando hablamos de mis celos.
—¿Te preocupa que ella esté en este momento con otros hombres?
—No lo había pensado. ¿Puede hacer eso? Me dejó hace un mes y pico nomás.
—Bueno, podría ser.
Sentí un fuego interior que me empezaba a cocinar el estómago y un cosquilleo incómodo a la altura de los testículos. Algo, quizás mi silencio, o quizás mi puñetazo sobre la mesa, despertó la sospecha de mi terapeuta.
—¿Estás celoso?
—¿Celoso, yo? Pff— intenté reir, pero en cambio me tiré del pelo— Yo no soy celoso.
—Es habitual que los pacientes lo nieguen.
—Así que la señorita tiene otros pacientes— dije sin pensar.
—¿Cómo?
—Nada, perdón.
Intentó cambiar de tema por un rato.
—Te propongo este ejercicio. Hacé silencio y escuchá tu voz interior. ¿Qué te dice que hagas?
—Olvidate de ella— gritó el del sexto.
Maldije la ventana mal cerrada. Me disculpé con Vanina un momento y me asomé al pulmón:
—Disculpen: este neurótico necesita un poco de privacidad.
—Lo que pasa es que esa chica te está robando la plata— me gritó Carmen, del segundo B, que también se había asomado.
—Rocío no tiene un peso mío. No sé de qué habla, Carmen.
—¡De la psicóloga, paparulo!— dijo, mientras se acomodaba un rulero.
El gritito de Carmen, con esa voz mezcla de timbre y cáncer de garganta por cigarrillo, animó al resto de los consorcistas. Apareció Claudia, del octavo E.
—Ustedes saben que con Carmen tenemos diferencias, pero en esto estoy totalmente de acuerdo con ella. Dejala, nene, hay mejores profesionales.
Quique, el marido de Claudia, fue menos pedagógico:
—No seas maricón, pibe. En mi época ibas al psicólogo solamente si te metías una zanahoria en el culo y te enganchaba tu vieja. Porque si te enganchaba tu viejo ibas directo al cirujano estético para que te arreglara la jeta.
—Nene, nene— me chistó Rosarito, desde el quinto C—. Lo que vos tenés que hacer es el duelo. Estás en la etapa de la negación…
—Las etapas del duelo son seis… —arrancó Horacio, que se asomaba del tercero.
—Ya sé Horacio— lo corté.
Cuando amagué a irme adentro, el que me frenó fue Rúben, del séptimo.
—Chango, no se puede pagar cualquier precio por la compañía de una persona. Atravesá esta situación, y tratá de sublimar la pena, la palabra clave en esto es la re-si-lien-cia…
—¿La qué?— gritó Marito desde planta baja, más porque no sabía la palabra que porque no la había escuchado.
Decidí ser amable.
—Les agradezco a todos, pero entiendan que es mi vida y preciso un poco de privacidad.
—Te esta robando la plata, mi vida. Todos acá nos damos cuenta…
Hubo un murmullo general de consenso.
—Aprovecho que estamos todos— gritó una—: Tito, juntá la mierda de tu perro, ¿puede ser…?
Desde el piso once emergió la figura de Eugenio. Conciliador, democrático, integrante del consejo del Consorcio, preguntó al vacío:
—Los que piensen que la mujer le está robando la plata al chico, levanten la mano.
La mayoría era abrumadora.
Pispeé de reojo al celular. Esperé ver a Vanina preocupada porque hacía al menos tres minutos que yo no aparecía. En cambio, miró el reloj, se desperezó y emitió un bostezo que bien podría haber copiado de un documental sobre la hibernación de los osos pardos.
Así que eso era mi dolor para ella. La somnolencia, el desgano, la hora interminable. No me enojó su indolencia: me provocó una herida. En aquella sesión sobre la inmadurez, yo le había hecho prometer que era su paciente preferido infinito punto rojo.
Volví a sentarme. Intenté concentrarme, retomé mi angustia por la partida de mi novia y revolví en recuerdos del pasado sobre otros amores frustrados, intentando encontrar razones, patrones, telarañas que unieran mis vínculos con otras mujeres.
Miré a Vanina. Vi sus ojos desganados, mi entusiasmo por cautivarla y su indiferencia machaza. Y, como si me hubieran reventado un rompeportones en el cerebelo, lo entendí todo:
—¡Ya sé!
—Muy bien, Fede. Seguimos la próxima. Es la hora.
—¿Ya?—preguntó Chichita, del primero B, desde la ventana.
—Serían 2300. Aumenté recién. Mi alias es termo.lapicera.nogal
—Gracias Vanina. ¿Continuamos el próximo lunes?
—Te noto mal, deberíamos repetir tres veces por semana.
—¿Tanto?
Hizo una mueca preocupante y cortó de golpe.
Me quedé sentado mirando el soporte del celular. Las lágrimas empezaron a recorrerme la cara en silencio pero a buen caudal. Busqué en la agenda del homebanking y transferí el monto. Después, borré el destinatario.
Cuando sonó el timbre casi me infarto: nunca suena el timbre en esta casa. Era Carlos, el encargado, que me traía unos pañuelitos.

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