Los últimos Reyes Magos

Hoy se cumplen 20 años de que no festejo Reyes. Me animo a contarlo por primera vez, con mucho miedo pero harto de que la culpa me atormente cada noche como el primer día. 
Es 6 de enero de 2001. Nadie sabe el año que nos espera, pero poco nos importa a Matías, Seba y a mí. Tengo 11 y nos acabamos de colar en una canchita de una escuela pública de La Plata, lindera a una avenida muy importante que circunda la ciudad. Es nuestro Bernabéu del AMBA.
Entrar es fácil: en el alambrado que cerca el patio de la escuela hay un agujero. El único imbécil que no puede colarse por ahí sin engancharse la remera soy yo. Son las 14 y hacen al menos 30 grados, aunque según la pericia climatológica de mi madre, son “400 a la sombra”. 
Pero lo que menos hay es sombra. La cancha, francamente, es horrible: de tierra gris, reseca y rajada por el sol. Tiene arcos de hierro, eso sí, un bien de lujo que pone fin a los límites difusos de los palos hechos con buzos o bicicletas dadas vueltas de los potreros. 
A Matías lo conozco desde los seis. Es dos años más grande que nosotros y es hijo de padres separados durante los noventa, con todos los prejuicios que eso implica para familias bien constituidas como la mía. Algunos, en el barrio, dicen que ya probó la cerveza y el cigarrillo. 
Con Sebastián somos amigos desde hace no tanto. Nos cruzamos en el barrio, se mudó hace poco, y hacemos buena dupla en la cancha porque yo soy un gordito preciso con la pelota y él un flaco con un flower en el ojete, que corre como si se estuviera cagando después de comer pera. 
Con el sol incendiándonos el cuero cabelludo, me piden, me suplican que la saque. Yo, como si estuviese manipulando un jarrón de alguna dinastía china, desenvuelvo el regalo que me dejaron los Reyes Magos. Cuando nos invade el olor a goma nueva, nos brillan los seis ojos. 
Es una pelota azul oscuro perlado, una auténtica rareza marca Nike que sortean cada trasnoche en un programa que los Reyes saben que yo miro. 
Mi regalo eclipsa, quizás por vez primera, a los de ellos. Sebastián lleva el suyo puesto: una camiseta marca Mitre del Estudiantes de Craviotto. A Matías le regalaron una armónica de colores, quizás como un presagio resignado de su posible futuro de presidiario.
La canchita nos queda enorme, somos tres. Elegimos el arco que da al alambrado alto, el opuesto a la avenida 72. Jugamos al 25: un juego donde un boludo -yo- va al arco y otros dos le hacen goles que puntúan de forma caprichosa hasta llegar a 25 y cagar a palos al arquero -yo-.
Solo una regla salva al arquero de su rol apaleado: si uno patea afuera, va al arco. Y mi chance de excarcelación llega cuando a Matías le queda la pelota picando frente a mí, y en lugar de definir con fineza, mete un zapatazo criminal típico de los repetidores de sexto grado. 
Mis ojos siguen con resignación la parábola obvia que dibuja la bocha en el aire: como era de esperar, la veo pasar por encima incluso del alambrado y caer en el peor lugar posible del universo todo: la casa lindera. 
La casa lindera es la casa tenebrosa más trillada de la historia de las películas de terror, esas de manicomios y asilos de ancianos. Si Stephen King la ve, se mea encima: es una construcción antigua, mohosa, rodeada por un patio lúgubre que no se explica con el sol que hay. 
Apenas nos acercamos, surgen de esas tinieblas dos perros de un porte demencial. Son muy negros y tienen el tamaño de un oso mediano. “Son manto negro” dice Seba. “Los de los 70”, agrego, acordándome de una clase de Historia. “Esos son ‘montoneros’” me corrige. 
Como no hay timbre, golpeamos las palmas varias veces, algo retirados del alambrado por el rugir de los canes. Matías ensaya un “Señora-aa” con la exacta cadencia de un cortapastos un sábado por la mañana en Provincia. Pero nadie responde. Los dueños no están en casa. 
—Cayó en el cañaveral— digo, señalando uno de los costados de la casa. 
—Ya fue, vámonos— bufa Matías, y yo me aterro por mi pelota nueva. Soy arquero pero no suicida: de ninguna manera me voy a plantar con alguien con fama de tomar cerveza a escondidas. 
El que me salva es Seba.
—Ni en pedo— dice—. Vos lo que querés es zafar del arco. Esa pelota es el regalo de Fede. Seguro le costó mucho esfuerzo a sus padres. 
—En realidad me la trajeron los Reyes— aclaro. 
Durante la siguiente hora y media urdimos y descartamos planes imposibles para rescatar el balón. Los perros siguen allí, inamovibles, gigantes, erectos y bestiales, seguros de que así como antes tomamos un edificio público, ahora no dudaremos en irrumpir en uno privado. 
Especulamos con una vuelta a casa de los dueños, pero no sucede. Cuando la resignación alcanza su punto más alto, un blues triste y carcelario rompe el aire. Es Matías con la armónica. Pero noto cómo de pronto los perros paran las orejas, levantan la cabeza y siguen la melodía.
El plan viene a mí en menos de un segundo. Lo explico eufórico, tan excitado que temo tener una erección. Pido que me dejen a mí las maniobras intelectuales: para la música tengo facilidad, pero físicamente soy torpe: a las rejas no las puedo saltar ni caídas.
Me sitúo en el extremo oeste de la casa, el opuesto al del cañaveral que esconde mi pelota. Soplo algunas notas sueltas en escala de Do, la melodía se teje y atrae la atención de los perros, que se acercan hipnotizados. 
El Flautista de Hamelin me puede chupar bien un huevo. 
De reojo, en la punta opuesta, veo a Mati y a Seba saltar la reja. Los perros ni se enteran. El corazón me late cada vez más fuerte mientras los veo desaparecer en el cañaveral. Sigo tocando, pero tardan en salir y yo no dejo de transpirar. La respiración se me altera, y la ejecución del instrumento se me complica. Los perros lo notan, pero aún concentro su atención.
Tras algunos segundos que parecen durar un milenio, por fin, mi pecho casi revienta de felicidad. De entre las cañas resurgen las figuras de Mati y de Seba, que me sonríe. Llevan, intacta, una pelota brillante de un azul perlado maravilloso, marca Nike. 
No dejo de tocar. Debo sostenerlo para darles el tiempo necesario para escapar. Es la fase final. Veo cómo, con la euforia de un asesino en serie pero con la buena intención de ponerla a salvo, Matías le mete otro zapatazo a la pelota, para sacarla del patio y huir libre de peso.
Como en un déjà vu, sigo con mis ojos el recorrido de la pelota y mi cara empieza a transformarse. Va directo a la avenida. Un Scania R580 se hace cada vez más grande sobre el asfalto. No lo pienso un instante y corro detrás de ella. 
En ese momento no me percato de que tiré la flautita esa y la música dejó de sonar, mucho menos de los gritos de Sebastián y Matías que toman una carrera desesperada para saltar la reja, perseguidos ahora sí por dos manto negro verdaderamente monstruosos. 
Llego un segundo antes que el camión. El bocinazo como de barco me deja aturdido, pero le robé la pelota casi de abajo de las ruedas, Chicho Serna hubiera estado orgulloso de mí. Cuando giro para recibir el aplauso de mis amigos, los veo consternados, intentando ya en vano trepar la reja.
Con un zumbido agudo paralizándome el cerebro y dañándome los huesos del oído, veo la expresión de horror de Matías cuando uno de los perros lo calza del tobillo. Todo transcurre en cámara lenta, incluso el vuelo de Seba hacia la cima de la valla, a punto de lograrlo. 
En el slow motion más drástico de mi vida, veo su rostro transformarse cuadro por cuadro cuando se engancha los testículos en el borde puntiagudo de la reja y cae de espaldas, una vez más, dentro de la propiedad. 
Desde enfrente apenas puede adivinarse, musicalizado con la más perturbadora de las sorderas, cómo dos perros enormes despedazan y mastican el cuerpo de dos niños en la silenciosa siesta platense. 
Abracé la pelota y volví a casa. No parpadeé por un buen rato. Cuando llegué, mamá me preguntó por Matías y Sebastián. Tardé un rato en salir de la abstracción. Le contesté sin pensar que se habían ido a tomar cerveza y me prohibió que me volviera a juntar con ellos.

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