Cartas encontradas, volumen II

Julio de 2023

A Pablo, para sanar heridas (las mías):

Hoy, de verdad, lo único que me pregunto es si habrá valido la pena. Para vos, no para mí, por supuesto. Si te habrás sentido gracioso, si perduraron en el tiempo los aplausos de los demás, las risotadas, la gloria del instante. O si se te habrá pasado a los pocos segundos, cuando la señorita les chistó y tuvieron que enderezar la espalda y contener las risas. ¿Cuánto tardaste en olvidarte de esos…? ¿Diez, quince, veinte segundos? ¿Tardaste un par de horas? ¿Lo recordaste durante algunos días? ¿O, como a mí, te quedó en la cabeza para toda la vida?
No tiene mucho sentido que sepas que yo sí estaba enamorada de vos. A las mujeres nos pasa a menudo, eso de enamorarnos de un imbécil, del pavote de la clase. Por supuesto que hoy entiendo que no valía la pena, pero quisiera saber si a donde vas, en esa otra vida que dicen que hay y que para mí no te santifica, te llevás esa anécdota o si alguna vez te arrepentiste de haberme humillado así.
Claro que no te deseaba esto que te pasa treinta años después, ni yo soy tan rencorosa ni vos probablemente merezcas algo así. Seguro hayas aprendido a ser una mejor persona de la que fuiste a los catorce. Al fin y al cabo, todos cometemos errores. Pero yo siempre te recordaré por eso. Esa es la huella que dejaste en mí en tu paso por este mundo. Seguramente otros hayan tenido mejor suerte.
Qué desagradable fuiste, además. ¿Hacía falta? ¿Tan gracioso era sonarte la nariz con una hoja y ponerle al dorso «Para Paula» con un corazón? ¿Vos sabés lo que sentí cuando me tocaste el hombro, desde el pupitre de atrás, y me extendiste una carta? ¿Vos a mí, que en mi cabeza, en mis escenarios catastróficos cotidianos, ni te sabías mi nombre? ¿Vos, a mí, que me volvía loca cuando te veía, que me moría de vergüenza y de cosquillas en la panza? Mis primeras cosquillas en la panza te regalé. Y vos me diste una carta de amor llena de mocos. Para que se rieran tus supuestos amigos, de los cuales seguro hoy no tenés ni rastro, ninguno te llamó por tu enfermedad ni vos jamás supiste si tenían mascotas, cómo se llamaban los padres o a qué le tenían miedo.
Sé que este reproche es anacrónico, inmaduro, pueril. Pero así me lo pidió la psicóloga: que escribiera sobre una antigua herida que me hubiera afectado la autoestima durante un tiempo sostenido y ¡bingo! Automáticamente me vino tu recuerdo. No te preocupes, no te la voy a enviar. Debo admitir que lo pensé. La consigna era que la escribiera y la quemara. Pero por las dudas anoté la última dirección tuya que supe. Un poco me tienta la idea de, valga la redundancia, tentar al destino y enviarla. A ver si en una de esas te llega, si es que seguís viviendo ahí. Y si en una de esas la leés, si es que seguís viviendo. Pero voy a abstenerme de probar suerte, creo. Me dijeron que no estás bien. No sería oportuno. Además, tengo el encendedor mucho más cerca que el correo. Que igual está a dos cuadras, tampoco es tan lejos.

Paula



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