Hace algunas semanas, mientras caminaba por la calle Emilio Mitre en el barrio de Caballito, me llamó la atención una caja abandonada al lado de un contenedor de basura. Era un poco más ancha que una caja de zapatillas y tenía pegada con cinta scotch una etiqueta que decía, con letra de fibrón rojo y en una cursiva exageradamente prolija, «Cartas encontradas».
Me acerqué y corrí de lugar algunas cosas igual de descartadas pero que no me interesaban para nada, como una silla mecedora a la que le faltaban varias maderas del respaldo, una máquina de coser destartalada y una bolsa repleta de ovillos de lana sucios y descoloridos. Llevé la caja hasta mi casa, muerto de curiosidad y de pánico a que saliera de adentro algún bicho indeseable y me caminara por los brazos. No pasó.
Cuando la abrí, en el piso y a cierta distancia, descubrí alrededor de trescientas cartas de todo tipo y color, escritas a mano, escritas a máquina, escritas como fuera. No tenían ningún patrón que las clasificara: las firmaban distintas personas, con distintas caligrafías y se las dedicaban o se las enviaban a destinatarios de lo más variopintos. Se firmaban, la mayoría, en distintas ciudades del conurbano bonaerense o en la misma Buenos Aires, y estaban fechadas en años de lo más disímiles: la más antigua tenía cerca de cincuenta años; la más reciente, menos de tres. No me pregunté, porque no me interesa contestármelo, por qué muchas de ellas — de hecho, la mayoría — estaban escritas y enviadas en años en los que ya existía de sobra internet, el correo electrónico y las aplicaciones de mensajería gratuita.
Todas estaban abiertas: en el mejor de los casos, alguna se conservaba dentro del sobre original, rasgado y amarillento. Tal vez por eso leerlas no implicó ningún reproche de mi conciencia ni me hizo sentir que violaba la intimidad de nadie. Y si esos sentimientos hubieran aparecido, también los habría ignorado.
Por los otros objetos que había visto en el contenedor, me inventé la historia de que serían parte de la colección de una señora mayor ya fallecida, cuyo departamento se habrían encargado de desmantelar sus deudos. Volví al contenedor al día siguiente, y al que le siguió a ese, y al otro también. Ninguna de las tres veces encontré cosas nuevas ni rastros de lo anterior.
Tiempo después pensé que no le haría daño a nadie transcribirlas y publicarlas, y si lo hacía, tampoco me importaba del todo.
Mucho peor me parecía guardarlas.
Julio de 2023
A Pablo, para sanar heridas (las mías):
Hoy, de verdad, lo único que me pregunto es si habrá valido la pena. Para vos, no para mí, por supuesto. Si te habrás sentido gracioso, si perduraron en el tiempo los aplausos de los demás, las risotadas, la gloria del instante. O si se te habrá pasado a los pocos segundos, cuando la señorita les chistó y tuvieron que enderezar la espalda y contener las risas. ¿Cuánto tardaste en olvidarte de esos…? ¿Diez, quince, veinte segundos? ¿Tardaste un par de horas? ¿Lo recordaste durante algunos días? ¿O, como a mí, te quedó en la cabeza para toda la vida?
No tiene mucho sentido que sepas que yo sí estaba enamorada de vos. A las mujeres nos pasa a menudo, eso de enamorarnos de un imbécil, del pavote de la clase. Por supuesto que hoy entiendo que no valía la pena, pero quisiera saber si a donde vas, en esa otra vida que dicen que hay y que para mí no te santifica, te llevás esa anécdota o si alguna vez te arrepentiste de haberme humillado así.
Claro que no te deseaba esto que te pasa treinta años después, ni yo soy tan rencorosa ni vos probablemente merezcas algo así. Seguro hayas aprendido a ser una mejor persona de la que fuiste a los catorce. Al fin y al cabo, todos cometemos errores. Pero yo siempre te recordaré por eso. Esa es la huella que dejaste en mí en tu paso por este mundo. Seguramente otros hayan tenido mejor suerte.
Qué desagradable fuiste, además. ¿Hacía falta? ¿Tan gracioso era sonarte la nariz con una hoja y ponerle al dorso «Para Paula» con un corazón? ¿Vos sabés lo que sentí cuando me tocaste el hombro, desde el pupitre de atrás, y me extendiste una carta? ¿Vos a mí, que en mi cabeza, en mis escenarios catastróficos cotidianos, ni te sabías mi nombre? ¿Vos, a mí, que me volvía loca cuando te veía, que me moría de vergüenza y de cosquillas en la panza? Mis primeras cosquillas en la panza te regalé. Y vos me diste una carta de amor llena de mocos. Para que se rieran tus supuestos amigos, de los cuales seguro hoy no tenés ni rastro, ninguno te llamó por tu enfermedad ni vos jamás supiste si tenían mascotas, cómo se llamaban los padres o a qué le tenían miedo.
Sé que este reproche es anacrónico, inmaduro, pueril. Pero así me lo pidió la psicóloga: que escribiera sobre una antigua herida que me hubiera afectado la autoestima durante un tiempo sostenido y ¡bingo! Automáticamente me vino tu recuerdo. No te preocupes, no te la voy a enviar. Debo admitir que lo pensé. La consigna era que la escribiera y la quemara. Pero por las dudas anoté la última dirección tuya que supe. Un poco me tienta la idea de, valga la redundancia, tentar al destino y enviarla. A ver si en una de esas te llega, si es que seguís viviendo ahí. Y si en una de esas la leés, si es que seguís viviendo. Pero voy a abstenerme de probar suerte, creo. Me dijeron que no estás bien. No sería oportuno. Además, tengo el encendedor mucho más cerca que el correo. Que igual está a dos cuadras, tampoco es tan lejos.
Paula


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