30 de abril, 2026

En un mes escribiré que es jueves, es 30 de abril y es el mejor día de mi vida. Lo sé desde la tarde anterior, la del 29 de abril, por lo que podría decirse que corro con ventaja.
Lo primero que hago es despertarme sin alarma. Es día hábil, claro, tendría que trabajar como cualquier jueves. Pero lo dicho: es el mejor día de mi vida, y por mucho que me guste mi trabajo, trabajar no es una opción en el mejor día de mi vida.
Rocío, acostada sobre su lado izquierdo, me pregunta si voy a ir al gimnasio. Son las 7:50 de la mañana. Por supuesto que no tengo ganas, pero quizás me haga bien. Le digo que sí, pero más tarde. Siempre voy mucho más temprano. Hoy no: hoy es el mejor día de mi vida.
Acto seguido me pregunta si compramos el álbum del Mundial. Llenamos los últimos dos. Pienso que esta vez no vamos a tener tiempo. Pero al final le digo que sí. Me pregunta si compra diez paquetes o veinte. Le digo que diez. Compra veinte.
La ayudo a levantarse. Desayunamos. Podría ir a comprar facturas, al fin y al cabo es el mejor día de mi vida, pero no, me pongo una tostada y tomo mate. Ella desayuna dos sanguchitos y un té porque no puede sentir hambre hasta muchas horas más tarde.
Cuando salgo para el gimnasio es un día soleado, muy soleado. No hay una sola nube en el cielo, que está de un azul perfecto. El clima es otoñal, templado. Tal cual lo imaginaría para el mejor día de mi vida.
Hago la rutina con un poco más de entusiasmo que otras veces. Cuando vuelvo, la mesa está llena de paquetes de figuritas. Es obvio que me va a tocar Messi, ¿cómo no va a estar? Estoy tan convencido que prometo que, si aparece, lo tomaré como una señal de que todo va a ir bien.
Rocío me lo muestra en el quinto o sexto paquete que abre. Nos pasamos el mediodía pegando figuritas. No hace falta que lo digamos: el objetivo implícito es disociar. Yo me olvido de almorzar. Ella no puede, así lo pidieron los médicos. Apenas se toma otro té.
A las tres y cuarto de la tarde cargamos las mochilas en el auto. Llegamos a horario, con lo justo. Meto el auto en un estacionamiento carísimo, ni me detengo a pensar que es fin de mes y probablemente para cuando lo pueda sacar de ahí no tenga plata para pagar.
Mientras esperamos nos llenan de papeles para que firmemos consentimientos acerca de todas las maneras en las que ella puede morir esa tarde. Recién ahí pienso, por una décima de segundo, en cómo un detalle puede convertir el mejor día de mi vida en el peor.
Sacudo la cabeza. Así es como me sacudo los malos pensamientos, como si en el sacudón se me salieran por las orejas y se estrolaran contra el piso.
Hoy es el mejor día de mi vida, no hay lugar para tragedias. Las tragedias ya pasaron, ya fueron suficientes. Hoy no nos puede tocar. Hoy son esos familiares y amigos los que velan por nosotros. Hoy están de nuestro lado.
La duda, igual, se cuela: ¿debería avisarle a alguien lo que está a punto de pasar? ¿Y si las cosas salen mal? ¿Cómo explicar que todo iba bien y ahora uno de los dos está muerto?
Sacudo la cabeza. Los pensamientos caen otra vez al vacío, desde el tobogán de mis oídos.
Le acomodo la cofia y el camisolín. La vienen a buscar con una silla de ruedas y se la llevan. La sigo y me indican el vestuario, mientras a ella se la llevan por otra puerta. Es la última vez que la voy a ver sola.
Pasan los minutos y yo espero, vestido de pitufo oversize, mientras pasan enfermeras de un lado para el otro. Alguien me ofrece un vaso de Coca, digo que no y me arrepiento, porque aunque todavía preservo algo de calma, también siento que tengo la presión baja.
Por fin me llaman y me llevan al quirófano. La cirugía ya empezó, hay olor a carne quemada, y aunque quiero ver tripas y todo, me piden que me quede detrás del biombo. Rocío se queja de los tirones, pero no siente nada. Trato de darle tranquilidad, hasta que me lo dicen.
—Papá, cuando bajamos el biombo, le levantás la cabeza a ella para que pueda verlo.
Pasan pocos segundos y el telón cae.
Un médico sostiene en el aire un bebé color violeta, el violeta más violeta que haya visto jamás. Parece dormido, gotea sangre ajena desde la boca. No me impaciento, leí que pueden tardar en llorar, si no recuerdo mal, hasta algunos minutos. Pero no me da tiempo a recordar cuántos.
Tras diez segundos de silencio donde parece muerto, explota en un llanto agudo y espasmódico, con un rechinar similar al de los muñecos de goma que chillan cuando les apretás la panza. Lo limpian a puro toallonazo, se vuelve rosado rápidamente y me lo dan envuelto.
Lo acerco a la cabeza de la madre, sé que lo sostengo bien, pero la posición es incómoda. Pasan, entre los tres, cosas que no vienen al caso.
Después, acompañarlo para los pinchazos, que la vitamina K, que la de hepatitis, que el gel en los ojos, que el calor, que las muestras de sangre, que el peso y el diámetro, en un marco de llanto constante del niño y el sorbido de mis mocos detrás del barbijo.
Pocos minutos después la madre está suturada, ya en el pasillo. Una enfermera me vuelve a poner al bebé en brazos, mientras otra interroga a Rocío no tengo ni tendré idea sobre qué, pero evidente burocracia.
Fermín me mira con ojos azules profundos. En pocos días se volverán verdes, y en algunos meses quizás marrones. Pero ahora son muy azules, y me mira, seguro sin verme bien. Es la primera vez que está calmo, increíblemente calmo, como si nacer fuera una cosa de todos los días.
Mientras recibe en los ojos las primeras luces del mundo parece preguntarme: «Y esto, ahora, ¿cómo sigue?». Le quiero decir que me estoy preguntando lo mismo, y que no tengo ni la menor idea, pero que es el mejor día de mi vida. Algo se me va a ocurrir.



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