Última noche de soltero

Me acaban de avisar que al final internaron a mi amigo Martín en un neuropsiquiátrico de Azul. Me lo dijo Melisa, la exnovia, a la que no veo desde hace tres años. «¿Estás contento?», me preguntó. Y no, no estoy contento. Pero, ¿quién se iba a imaginar que esa joda iba a llegar tan lejos?
Una vez por año nos juntamos en el quincho de uno de los pibes para comer guiso de lentejas y tomar vino. Podríamos tomar otra cosa, pero la consigna es que cada uno lleve algo para consumir, y la falta de coordinación masculina termina siempre con dos tintos por cabeza.
Hace años que somos los mismos. A veces uno más, casi nunca dos menos. Esa noche de agosto de 2017 éramos doce. Es decir: el guiso de lentejas anual se regaría, en promedio, con veinticuatro litros de vino, más algún whisky caro que siempre aporta algún desquiciado. La cita repite ciertos patrones: acordamos juntarnos a las 20, así que nadie cae antes de 22:30. Ante el ritual de la picada, aplicamos conceptos básicos de la división internacional del trabajo: uno corta queso y pan, otro un salamín y los otros diez nos rascamos las pelotas.
Esa vez empezamos a cenar alrededor de la una de la mañana, aunque el guiso estaba listo desde las 18. Estábamos algo entonados: en la previa se habían ido siete de los veinticuatro tubos de tinto. Pero era un grupo de hombres que sabía lidiar con el consumo ingente de alcohol. Cuando florecían los primeros eructos con gusto a chorizo colorado, Martín tomó una cucharita y empezó a golpear una copa para reclamar atención.
—Tincho, la concha de tu hermana —reclamó el anfitrión—. Golpeá otra cosa que eso es del casorio de mi abuela. Martín levantó la mano para pedir perdón, pero no agarró otro vaso. Dijo, de golpe, que en septiembre de 2018 se casaría con Melisa.
El anuncio se gritó como un gol sobre la hora. Nadie festejaba el amor, claro, sino la perspectiva de tener, por fin, una despedida de soltero.
Martín era un pibe particular. Normal, agradable, en ocasiones gracioso. Pero parecía integrar el ala conservadora de un grupo de jóvenes promesas de alcohólicos perdidos sin intenciones de madurar, pese a que acariciaban las tres décadas de vida. Era más serio que el resto, bebía con moderación y nunca fumaba porro, por lo que Juan sostenía que era puto. Que estaba bien, que no tenía nada con los putos y que un primo de él era puto, pero que Martín era puto: «No fuma, boludo, no fuma, Martín es puto, es puto Martín».
Creo que Martín, pese a su sobriedad habitual, solo era un poco aniñado. Inmaduros éramos todos, pero él era un freaky medio gamer. No usaba la Play para jugar al FIFA como nosotros -«no juega al FIFA, boludo, es puto Martín» insistía Juan- pero era adicto a los videojuegos de zombies. Estaba obsesionado con los mundos postapocalípticos. Y convencido de que, un día, miles de cadáveres torpes nos buscarían para comernos el cerebro. Lo veía como algo posible y hasta inevitable. No lo blanqueaba con nosotros, obvio: lo boludearíamos para el campeonato.
A las tres de la mañana, Martín se despidió y dijo que se iba a dormir. Lo saludamos y lo volvimos a felicitar. Casi todos queríamos irnos, pero quedaban todavía once litros de vino y una motivación extra: planear una despedida de soltero.
La primera propuesta fue de Lucho, que es un sacado:
—Hay que enterrarlo en cocaína tres días. Desnudo. Y atarle el pito a una cañita voladora.
—Nah, Tincho es para algo más tranqui —razonó Grego, que había estudiado.
—Yo pensé que era puto —acotó Juan, que seguía sorprendido.
La idea de Lucho de los tres días tomó fuerza, pero en otro sentido.
—Aprovechemos un feriado —buscó Pachi en el celu—. Día de la Bandera cae viernes, 17 de agosto.
—El Día de la Bandera es en junio, hijo de puta —lo ajustició uno.
Y entonces hablé:
—Creo que tengo un plan.
Cuando terminé de contarlo, algunos se cagaron de risa y lo festejaron. Otros dijeron que era imposible, un quilombo, muchísima producción. Me paré arriba de la silla y los arengué: si trabajábamos en equipo, era perfecto. Martín no se lo olvidaría nunca en la reputísima vida.
Un año después, a las cinco y cuarto de la mañana y repartidos en tres autos distintos, asomábamos a la ruta con destino a Tandil. O eso le habíamos dicho a Martín, que no conocía Tandil.
—Hubiera jurado que era más cerca —nos dijo a las 11, cuando todavía no habíamos llegado.
El lugar era ideal. Las cabañas estaban en las afueras de Salliqueló. La dueña pidió que no tiráramos papel en el inodoro, nos dejó las llaves y se fue. En un segundo encaramos la parrilla y empezamos a descorchar vinos. Para las cuatro de la tarde el asado era una manteca.
El primer día fue muy introductorio. Era parte del plan. La joda la inventamos con un parlantito bluetooth y luces de colores. Martín preguntó si no había boliches y no supimos qué responderle. Lucho le puso un porro en la boca de sopetón y le tiró vino en la cara con una bota. Nos fuimos a dormir algo temprano. En parte por el alcohol, pero en otra gran parte por el cansancio del viaje. Además, el segundo día teníamos que estar muy atentos. Era el día de ejecución del plan. Antes de ir a la cama, desenchufé el celular de Martín y le cambié la batería.
A las 10 de la mañana estábamos casi todos despiertos. Solo faltaba Augusto. Martín no preguntaba por él, así que le hicimos notar la ausencia.
—No se levantó, ¿no? Alguno que lo vaya a ver, ayer estaba detonado.
—Voy —se ofreció Martín. Apenas pudimos contener el meo de risa.
Cuando entró en la pieza, Martín se descompuso del olor. Augusto colgaba de la cama, de cara a un balde con medio litro de leche caliente y fideos codito.
—No paro de vomitar, boludo—fingió. Martín le tocó la frente—. Y me duele mal el cuello, me arde.
Se destapó y le mostró.
Escuchamos el grito desde el patio.
—Estás mordido, boludo, ¡tenés una mordida enorme, hay que llamar a alguien!
—¿Sangra? —preguntó el vampirizado.
—No sé, está como seco, pero te falta un cacho, no puede ser, ¡es enorme, la puta madre!
Martín se tapaba la cara del espanto.
El efecto del maquillaje era perfecto. Cuando Martín lo trajo a Augusto semiabrazado, pero cuidando de no tocarle la herida, parecía que una hiena le hubiera arrancado un fragmento de cuello.
—Vamos al hospital —ofreció Tony, tatuador y, al parecer, un artista del make up.
No volvieron hasta las siete de la tarde. La jornada había sido muy productiva: habíamos bebido gin durante todo el día, cortamos para merendar mate con facturas y después volvimos al ruedo con fernet y cerveza. Augusto volvió con el cuello vendado y dijo que se sentía bien. Martín, que confiaba en mí, me dijo:
—Yo no lo veo bien. Mirale las ojeras. Y a veces tambalea. Le erró tres veces en cinco minutos al vaso con el chorro de Coca.
—Tranqui, Tincho. Disfrutá. Además fijate Juan, que ni drogado está y la cara de colgado que tiene.
Martín tuvo que posar la mirada en Juan. Juan estaba en otra. Miraba un árbol desde hacía al menos diez minutos. Y distraídamente, se rascaba la pierna. Cada vez más fuerte. A Martín se le abrieron tanto los ojos que temí que le explotaran como globos.
—¡Tenés sangre!
Corrió hacia Juan y le levantó el pantalón. La misma, exacta mordida que había perforado el cuello de Augusto estaba plasmada en la pierna de Juan, y sangre artificial le corría de manera espesa por el gemelo.
Ya era de noche cuando Martín sugirió que nos tomáramos la temperatura.
—¿Con qué termómetro, boludo? Vinimos a una despedida de soltero, no a la guardia del Durand.
—Pero en Tandil tiene que haber farmacias, algo. ¿Cómo puede ser que los pibes no vuelvan?
Tres habían acompañado a Juan «al hospital». Otros dos habían ido a la carnicería, a comprar un cacho de vacío y unas achuras, además de seso y otras vísceras cuyo destino no era la parrilla sino uno mucho menos gastronómico.
Creo que Martín estaba ya bastante alterado cuando le metimos el LSD en el vaso. Pero eran casi las once y lo necesitábamos paranoico. Estaba nervioso porque el celular no le respondía con ningún cargador. Y tres de sus amigos no habían vuelto; entre ellos, uno mordido.
A las dos de la mañana empezamos a anunciar, de a uno y con estrictos intervalos de once minutos, que nos íbamos a dormir. Hacían tres grados bajo cero, pero Martín estaba en pantalón corto y remera, parado arriba de una silla desde hacía una hora. Confieso que, antes de que viniera a verme, sentí culpa y me pregunté si era necesario llegar hasta el final. Pero, ¿y si era nuestra última despedida de soltero, porque ninguno de los otros era candidato a casarse jamás? Eso me dio paz interior.
Me asusté cuando Martín me sacudió la cama a las 3 am.
Tenía las pupilas como dos caramelos Media Hora.
—No soy boludo —creyó susurrar, pero gritaba—. Está pasando algo grosso. Faltan dos más. Pablo y Licha no están. Y te juro por mi vieja que vi a dos flacos raquíticos iguales a ellos deambular con la ropa toda rota por el patio.
Puse cara de dormido, aunque estaba tentado.
—¿Pero no serán ellos?
—¡Por eso, pelotudo! —se sacó—. ¡Las mordidas, la fiebre, los que faltan, hay teorías, esto puede pasar, está pasando!
—¡De qué hablás, pajero! Dormí, estás pasado.
—Zombies, gordo. Zombies, vampiros, algo.
La seguí.
—Estás del orto, Martín, andá a dormir, mañana hacemos un buen asad…
—¿Cómo no volvieron del hospital? Vamos a buscarlos. Manejá que yo no sé. Si no me voy con tu auto igual.
—Quiero dormir, boludo, ¿puede ser?
—No. ¿Es el apocalipsis y vos querés dormir, pelotudo?
Cuando abrimos la puerta se nos apareció Pachi. Tenía la cabeza de costado y los ojos muy abiertos. Babeaba como un San Bernardo. Quedamos paralizados. Levantó las manos y nos mostró, triturados, 570 gramos de seso en oferta de la carnicería El Novillito Tierno de Salliqueló.
Eso catapultó su desesperación. Le grité que prendiera la luz: sabía que Lucas la había cortado antes de irse al patio a encender el fogón e incendiar a los maniquíes que se veían de fondo. Nos subimos a la Partner. Lloraba cuando me dijo:
—Fede, manejá y no pares nunca.
Desde el asiento rebatible apareció Lucho y le metió un paño con cloroformo bien adentro de la nariz. Martín se durmió. Lucho se reía como un niño poseído.
Manejé durante una hora. Dejamos a Martín, dormido y envuelto en cinco frazadas, tirado en la calle principal de Epecuén. Volvimos a La Plata al día siguiente, entre risas, imaginándonos la reacción de nuestro amigo al despertar en las ruinas de un pueblo fantasma tras haber vivido una pesadilla apocalíptica. Estábamos llegando cuando Juan dijo que, igual, era raro que todavía no hubiera llamado. Sentí un vacío en el estómago y cómo la sangre se me helaba: palpé en mi bolsillo la batería original y cargada del teléfono de Martín. Me había olvidado de dejársela entre las frazadas.
Intenté disimular mi gesto aterrado. Sonreí y dije:
—Ya va a llamar. Ya va a llamar…
Hicimos la denuncia al día siguiente, con el peso de la culpa a cuestas y la desesperación de Melisa llorando explicaciones. La policía no sabía nada de Martín. No iba a saber de él por mucho tiempo, tampoco. Como Melisa. Como nosotros.
Hasta ayer, fueron años de pistas esquivas. Cada tanto, en distintos puntos de la provincia de Buenos Aires, alguien aseguraba haber visto a un linyera joven, a todas luces insano, alejarse de la gente después de gritarles de forma histérica que el fin del mundo había llegado.

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