Cucaracha’s

Acabo de salir de la cárcel después de dos días. Sí, yo, que nunca tuve problemas con nadie. Estuve preso. Lo escribo y no lo puedo creer. Algo que no me imaginé que podría pasarme ni en la pesadilla más delirante. La vida te da sorpresas, sin dudas.
Ahora toca aprender y seguir adelante.
Agradezco el trato de la Comisaría 6ª de Caballito. A veces menospreciamos el trabajo de la policía. No todos son corruptos, ni todos abusan de su poder. Los hay con vocación de servicio. A mí me contuvieron y me ayudaron a pasar las dos noches más raras que imaginé jamás. Supongo que hoy mi vida empieza de cero: sin mi novia, con familiares que me miran de reojo, con amigos de siempre que ahora me clavan el visto. No creo que vaya a ser fácil, pero lo único que tengo en claro es que no voy a pedirle perdón a nadie.
Escribo esto mientras me tomo un tren a La Plata, donde viven mis viejos, porque al departamento ya no puedo volver. Ni quiero. Nada de lo que hay ahí me pertenece. Capaz empiece los trámites para venderlo –ni sé si se puede, es un crédito- pero no quiero hablar todavía con ella.
El viernes 4 de junio tocaron el timbre. Era un pibe alto, desgarbado, medio narigón. Tenía puesta una máscara antigas, un guardapolvo de un celeste desgastado y cargaba una especie de tanque de oxígeno del que colgaba una manguerita insulsa y flácida.
Me causó gracia su voz, porque cuando habló parecía que acababa de aspirar el helio de un globo. Al lado suyo, Buonanotte era Frank Sinatra.
—Vengo de fumigación, permiso —se presentó, mientras yo le daba paso.
—¿Cómo estás? Sí, estaba el papelito en el ascensor. Nos viene bárbaro, la verdad…
Mi novia miraba TV y apenas le dirigió un saludo intrascendente cuando el muchacho pasó para la cocina.
—¿Se ven muchas? —me preguntó.
—Pff, un infierno —arranqué—. Hace dos años que tenemos cucarachas, ninguno de los que vino antes nos controló el problema.
El flaquito se rió.
—Eso es porque no vinimos nosotros. El consorcio le paga a una empresa… —buscó una palabra educada, pero no la encontró—… pedorra, pero cuando el problema se desborda en serio, sabe que nosotros lo solucionamos.
Ahí se metió Rocío, mi novia, que sin quitar los ojos de la TV, respondió con acidez y su mejor expresión de cara de orto:
—Ja. Veremos.
El tipo se puso a hacer su trabajo, aunque se detuvo en el bajo mesada. Sin voltearse, preguntó:
—¿No les avisaron para sacar todas las cosas, así podemos hacer una fumigación profunda?
—Uh, no —lamenté, aunque me chupaba un huevo.
—Bueno, no se preocupen —siguió la voz aflautada detrás de la máscara—. Hoy pasamos esto, cuando venga el mes que viene estén atentos y vacíen todo.
Hubo algunos minutos de silencio incómodo, el típico de cuando hay alguien trabajando en tu casa. ¿De qué se le habla al técnico de Fibertel en el ascensor? ¿Qué charla se le da al plomero, si llamaste porque el tutorial de YouTube para cambiar el cuerito te arruinó la cocina?
Esos silencios son, para mí, bastante difíciles de tolerar. Casi siempre pregunto: «¿Mucho laburo?», como si todos fueran taxistas. Pero a Cuca –así se me ocurrió apodarlo- le hablé del problema.
—Es impresionante cuando prendemos la luz de la cocina. A la madrugada ni hablar. Ahí aparecen decenas.
—Es que no les gusta la luz —me dijo, distraídamente.
—Se nota. El otro día prendí y una me gritó: «¡Cómo vas a prender la luz a esta hora, la concha de tu madre! —bromeé.
Cuca no entendió el chiste y siguió explicándome, mientras ponía la atención en su trabajo más que en nuestra charla.
—No, te debe haber parecido… Se mueven sobre todo de noche, por eso. Porque son fotofóbicas.
—Mi novia es fotofóbica —cabeceé señalando a Rocío, alienada en el sillón —. No te sube una foto a Instagram ni que…
—Jaja no, no es eso —se rió pero no del chiste, si no de lo que él interpretó como una ignorancia mía—. Fotofóbica significa que les molesta la luz.
Me quedé callado un rato, decidido a no hacer más chistes frente a un pelotudo de semejante envergadura. A los pocos minutos nos recordó que para el mes siguiente vaciáramos los cajones y se fue.

Los días que siguieron fueron los más felices desde que tengo memoria. La presencia de cucarachas se redujo en un 80%. Con Rocío nos dimos cuenta de que, si bien no era muy bueno para captar las ironías de los diálogos normales, evidentemente sí era muy eficiente en resolver cuestiones de fumigación.
—Ya hizo más por este departamento que vos en tres años —me escupió ella, y adiviné lo que se venía después—: ¿Te acordás cuando intentaste clavar el cuadro y rompiste media pared?
Un mes exacto más tarde, Cuca nos fumigó la cocina con los cajones vacíos y la alacena despejada. Nos explicó cómo evitar que dejaran huevos ocultos y nos contó, entre otras cosas, que las pecas negras casi imperceptibles que se veían por todos lados eran excrementos de las cucarachas.
—Ojalá yo cagara así de chiquito —jodí, y Rocío me dio un codazo.
Otra vez Cuca contestó en serio, sin prestar demasiada atención.
—No… Pasa que su sistema excretor es mucho más chico que el nuestro, entonces eso hace que la caca de ellas parezcan apenas puntitos.
Le agradecimos y lo acompañamos a la puerta. Rocío lo miraba con adoración: ese tipo, con esa cara de nabo y todo, nos estaba haciendo ganar la guerra contra las cucarachas, durante tantos años perdida por escándalo.
—Gracias, Cuca. Si no fuera por vos, en cualquier momento las cucarachas armaban una asamblea y nos tomaban la casa.
—No, con eso tranquilo —frunció el ceño y empezó a hacer docencia—. Si bien la estructura organizacional de los blatodeos o cucarachas es más bien gregaria, reconocen a los miembros de la familia y toman decisiones en comunidad, prefieren los espacios reducidos y oscuros, como las tuberías o las grietas.
—Ah, menos mal —fingí alivio. Él siguió.
—Son increíbles. Siempre soñé con trabajar con ellas. Y también soy adiestrador.
—¿De perros?
—No, de cucarachas. Son seres excepcionalmente inteligentes, y pueden ser domesticados hasta ciertos niveles. Como los perros o los delfines.
—¿Como para que traigan una rama o cabeceen una pelota, tipo Mundo Marino? —preguntó Rocío, cautivada.
Yo me agarré la cara.
—No está demostrado —contestó Cuca— pero muchos entomólogos afirman que son capaces de andar en monociclo haciendo equilibrio con hasta siete platos de porcelana.
Me apresuré a abrirle la puerta.
—A veces me siento como si fuera una de ellas —dijo, antes de irse.
—¿Como en La Metamorfosis? —pregunté.
—Ni idea. Netflix cero, yo. Nos vemos el mes que viene —y se fue.

Freak o no, su trabajo funcionó de nuevo. No volví a ver una sola cucaracha, y dejé de tener miedo a que alguna se me metiera en el oído mientras dormía. Para Rocío, el tipo era un genio, y lo miraba con más admiración que a sus referentes del feminismo.
Una tarde entré al edificio y vi el papelito que anunciaba el próximo control de plagas para el martes siguiente. Le recordé a Rocío que necesitaba que ese día estuviera en casa porque yo tenía una entrevista de trabajo y tendría que recibir ella a Cuca.
Esa mañana me levanté más temprano que de costumbre. Me afeité, me puse una camisa planchada y me fui a convencer a un empresario de que yo le convenía para algo. Cuando estaba a mitad de camino, su asistente me llamó y me canceló la entrevista por un imprevisto.
Puteé, pero volví a mi casa aliviado de patear los nervios para otro día. Cuando entré al departamento parecía no haber nadie: apenas estaba prendida la luz de la cocina. Allí reconocí el tanque de Cuca y su manguera fofa goteando veneno.
Avancé en silencio por el pasillo, aguzando el oído. Una mezcla de jadeos y gemidos nasales llegaron hasta mí. Unos metros más adelante, lo vi. Disfrazado de cucaracha gigante de goma espuma, Cuca hacía el amor con mi mujer con tal frenesí que ninguno se percató de que yo estaba al pie de la puerta.
Cuando prendí la luz hubo gritos, tapadas repentinas de partes pudendas y una cucaracha humana pidiendo perdón e intentando huir despavorida, evidentemente fotosensible.
No dije nada y volví a la cocina. Él no tenía forma de escapar: la distribución de la casa lo arrinconaba y para salir por la puerta debía pasar sí o sí frente a mí.
El primer golpe con el tubo de veneno lo dejó en el piso. Me arrodillé sobre sus hombros y lo rocié con cantidades industriales de veneno, mientras lo golpeaba alternando los puños una y otra vez, al grito de «cómo las odio, cucarachas de mierda». Él apenas atinaba a patalear boca arriba, incapaz de darse vuelta, por la forma de su caparazón.
—¡Quiero que te salten las tripas para afuera como cuando piso a una de las grandes, sorete! —le gritaba, como un psicópata—. ¡A ver si podés vivir sin cabeza una semana, hijo de mil putas!

No recuerdo cuándo llegó la policía, pero sí que fue fundamental para que yo dejara de saltarle encima a una cucaracha de un metro noventa que al parecer ya no respiraba. Apenas hacía espasmos con una antena de goma espuma.
En la comisaría me tomó declaración una oficial de unos cincuenta años. Cuando di mi versión de los hechos, los policías que me detuvieron aflojaron su gesto y hasta alguno me palmeó en la espalda.
—Quedate tranquilo, pibe. Estas cosas pasan. Las cucarachas están en todos lados.
Me dijo que se llamaba Igarzábal y que me iban a tratar bien. Que llamara a mi abogado, que seguro me tenían una o dos noches y después me largaban. Que me iban a quedar antecedentes, sí, pero que lo importante no era el pasado sino construir un nuevo futuro.
—Igarzábal cursó hasta tercer año de Filosofía y cuando se murió el padre tuvo que salir a laburar —me contó la que me tomó la denuncia—. Ah, y a él también lo cagaba la mujer.
El diálogo con mi abogado –un defensor oficial, no quise llamar a nadie- fue breve. Me dijo que estaba ocupado y que me podía sacar recién para el fin de semana. No me importó demasiado.
—«Mariotti, Nicolás contra Rodríguez Federico por lesiones graves y delitos contra el Ambiente y la Naturaleza». Esa es la carátula —me leyó.
—Caradura…
—«Carátula». Carátula se llama.

Esta mañana, Igarzábal entró a mi calabocito precario pero prolijo y me tiró una carpeta de cartón de color rosa. «Mariotti levantó la denuncia. Abrigate que afuera hace un frío de la gran puta. Se te congela la esencia».
Me hicieron firmar no sé ni qué, porque no pensaba ponerme a leer. Se me cayeron varias lágrimas sobre la hoja y la mano me temblaba muchísimo, pero garabateé mi firma como pude. A mi celular le quedaba algo de batería. Igarzábal me lo había cargado. Le agradecí y le mandé un mensaje a mi mamá para avisarle que almorzaba en su casa. Mi vieja respondió «Ok besos». Comprobé que usa esa respuesta para cualquier tipo de mensajes, desde uno que diga que me compré un cactus hasta otro que le cuente que ya estoy libre de la cárcel.
Igarzábal tenía razón: hacía mucho frío. Pero el día estaba espectacular. El sol se filtraba por los árboles, que se empezaban a recuperar de los estragos del otoño. Pasé la SUBE por el molinete y tomé el subte a Constitución, pensando en que tendría que haber meado antes de salir.

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