Fuego amigo (Dispárame en el ojo)

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Nos esperan del otro lado del muro. Lo sabemos, Sebastián y yo lo sabemos. La medianera mide poco menos de un metro ochenta, pero un montículo de tierra y escombros plantado en un rincón podría ayudarnos a mirar por encima de ella. Si quisiéramos, claro. Porque no por nada estamos encorvados, parados sobre ese montículo, sí, pero sin atinar siquiera a arriesgarnos a que del otro lado de la pared puedan ver nuestros pelos naciendo por encima del ladrillo. De asomarnos apenas, seríamos un blanco fácil, y los balines serán de plástico pero pican como la reputísima madre que lo parió.
Seguimos de este lado del muro. Sebastián está apoyado contra la pared y ciñe su pistola con las dos manos, el cañón en dirección al cielo, como si fuera un comando SWAT a punto de romper una puerta de roble de una patada para rescatar a un rehén en un asalto a un banco de New Jersey. Yo estoy plantado de frente a él. Sobre la base del montículo. Empuño mi Smith & Weson, livianísima pero fiel. Es de una buena juguetería y ellos también lo saben. La sostengo a la altura del pecho, con mi mano menos hábil, con el brazo ligeramente flexionado. Mi tarea no puede demorarse más: soy el más alto y quien tendría mayor facilidad para relojear por encima de la pared. Pero no es sólo la adrenalina y el silencio agudo lo que me paraliza. La medianera del fondo es extensa y tenemos puntos ciegos. De pronto pienso en ellos. Tienen 12 y 14 años. Son más altos y pueden saltarla algunos metros más adelante y tomarnos por sorpresa.
No me preocupaba tanto el poderío ofensivo de Valentín. Su pistola tiene poca potencia y además la última vez compró balines de los naranjas, que son truchísimos; pelotitas livianas que, disparadas a larga distancia, se desvían con el viento como si fueran pelotitas de telgopor. Sebastián y yo tenemos de los amarillos. Valentín no tendrá chances en un eventual duelo a media distancia.
El problema es el de Franco. Ese parece un fierro de verdad. Es de metal y simula ser una Bersa. La única vez que la tuve en la mano, el peso y el frío de la culata construyeron en mí la certeza de que estaba aferrando un revolver auténtico.
Tengo que tragar saliva cuando me doy cuenta de que nunca, absolutamente nunca, me mostró el cargador con balines de plástico. ¿Y si es un aire comprimido de verdad? Martín es un buen chico, pero es hijo de padres separados. Es travieso, no saca buenas notas en la escuela y no suele medir las consecuencias de sus picardías. Me consta, además, que su padre guarda en algún lugar un rifle con perdigones de acero que usa en el campo.
Un grito aterrador y desesperado me saca del ensimismamiento. Es Sebastián quien grita, llora y se tapa la cara con las dos manos.
—¡No veo! ¡No veo!
—¿¡Qué te pasó!? ¿¿Dónde están?? —giro la cabeza para todos lados, pero en el patio no hay nadie.
—¡¡El ojo!! ¡No veo nada, no veo nada, no veo del ojo!
Entonces comprendo. Y siento cómo se me hiela la sangre.
Se me había disparado el arma. Un potentísimo balinazo había surcado los pocos centímetros que había desde el cañón hasta el ojo derecho de Sebastián, y lo impactó de lleno, causándole una ceguera instantánea.
A los diez años, acabo de dejar tuerto a mi mejor amigo.
En un segundo se me pasa por la cabeza el panorama terrible que nos espera. Los gritos desesperados de sus padres, la cagada a pedos inolvidable de los míos, una vida dañada para siempre por un juego bélico insípido y de un peligro estúpido y aleatorio.
¿Cuántas veces nos habían dicho del riesgo de que una pelotita de esas nos diera en un ojo?
En cualquier momento me desmayo, pero me deshago en pedidos de perdón, no distingo si estoy llorando o solo histérico y le pido a Sebastián que me deje ver, que abra el ojo, que se saque las manos de la cara, que si le sangra, que si ve, que cómo que no ve, que si le di en el ojo, que si fui yo, que sí, fui yo.
Al fin se destapa la cara. Le caen las lágrimas y me deja ver el ojo. Empieza a ver borroso, me dice, pero le duele mucho.
El balín había dado en el borde interior del párpado inferior del ojo derecho. Pegó en una superficie de un milímetro de piel y no contra el globo ocular. Está hinchado, y se parece mucho a un orzuelo.
—¿Ves?—, tiemblo.
—No. No veo nada. Borroso ahora, pero nada.
La culpa no se parece a ninguna otra que haya experimentado antes. Con la palma de mi mano derecha deslizo la corredera hacia atrás, hasta que el crack me hace saber que un nuevo balín se cargó en la recámara. Le tiendo la pistola.
—Disparame en el ojo—le ruego, aunque por reflejo frunzo los párpados, casi cerrándolos.
—¿Eh?— lloriquea Sebastián, algo recuperado, frotándose las lágrimas—, ahora veo un poco mejor.
—No importa— sostengo—, disparame en el ojo.
—Dejate de joder, boludo.
—Si no me disparás vos, me voy a disparar yo— le advierto, aunque no hay ser en el planeta que crea que tengo los testículos para hacerlo.
—Dejate de hinchar las bolas… Me voy a mi casa.
—¿Eh? ¿A tu casa? ¿Y qué le vamos a decir a tus papás?
Honestamente prefiero que me dispare en el ojo. Un tuerto de diez años por un accidente infantil puede causar una conmoción y una histeria inolvidable en una familia, pero dos tuertos de diez años podrían sumar caos y desconcierto, pero claro, también lástima y lamentos por el segundo tuerto, que al fin y al cabo era el causante del primero, dato que quedará perdido en la inmensidad de la desgracia.
Sebastián ya me sacó varios pasos de ventaja hacia su casa. Le pregunto si está enojado y me dice que no. Le pregunto una vez más si de verdad no me quiere disparar en el ojo. Que es justo.
—No me molesta, ¿eh?— intento convencerlo, pero ya estamos llegando a su casa, que es al lado.
En todo el trayecto no nos cruzamos a los otros dos. Después nos enteramos que se habían aburrido de esperarnos y le fueron a robar una cerveza al padre de Franco para tomársela en la vereda.
Cuando llegamos, Sonia le creyó lo de la rama en el ojo. Sebastián me dijo que ya veía. Se puso hielo y nos sentamos a tomar la merienda.

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