Bobby solo quería jugar

Perro3
Estoy esperando el bondi en la terminal de La Plata. Hay un perro tremendo arengando pelea con otro. Ni en pedo paso cerca.
El más grandote debe pesar 50 kilos. No es de raza definida pero parece cruza de un rottweiler rabioso y un lobo salvaje con trastorno bipolar.
Su pelaje es canela. Sus ojos, entre pardos y color miel con cilantro, como añejados en roble y con finas notas de arándanos secos.
Es un color de ojos muy normal en este tipo de perros.
Sin dudas ha de tener un nombre imponente y temible, como “Krueger”, “Matón Sanguinario” o “Arnold”.
Sus dientes son un animal aparte. Tiene colmillos afilados como una katana, y del largo de una katana bebé.
Muestra los dientes al otro perro. Parece una hiena despiadada. Sus ojos brillan colmados por un resplandor francamente asesino.
Creo que podría comerse una persona enana sin demasiado esfuerzo.
Sus testículos escapan entre sus patas traseras. Tienen el tamaño de dos pelotas de tenis. Es -deduzco- macho.
El otro perro sólo lo iguala en estatura. Es un puro perro, más común que un yuyo.
Negrito, con cara de boludo. Alguna que otra mancha amarronada. Seguro se llama ‘Bobby’, o ‘Negrito’.
El mastodonte Krueger le gruñe y Bobby lo rodea, inocente, como quien no atiende un llamado a la violencia.
Yo me mantengo lejos, y en general también se alejan las personas.
Bobby y el depredador se enfrentan en un círculo imaginario, como la arena en la que se baten dos gladiadores.
Con cada gruñido de Krueger, la gente se estremece. Crujen las vigas del techo. Las palomas emprenden un cobarde y repentino vuelo en bandada.
Una paloma no tolera el susto y se infarta en pleno vuelo. Cae a no más dos metros de Krueger.
Krueger se pasea lentamente en círculo. No saca la vista de Bobby, que lo rodea estúpidamente sin percatarse de que el otro se lo quiere comer.
Krueger vuelve a gruñir. A todos nos hizo doler los oídos. Capta, ahora sí, la plena atención de Bobby.
Sin quitarle mirada, Krueger camina lento hacia la paloma desvanecida. Agacha su inconmensurable cabeza.
Bobby sostiene la mirada. Es un inconsciente. Krueger lo mira fijo y procede: abre la boca sobre la paloma y la abraza con suavidad con su mandíbula.
Mientras disfruta la tensión generada ante todos, ciñe, ahora sí, sus colmillos contra el pecho de la torcaza.
Fue como quien aprieta un limón recién cortado al medio. La sangre del bicho voló a varios metros de distancia y alcanzó a mancharme los zapatos.
Qué leche.
Estaban casi nuevos.
Ante el horror, Bobby no tiene mejor idea que tirarse al piso, ponerse boca arriba y jadear con lengua afuera mientras mueve la cola.
Quiere jugar. El boludo de Bobby quiere jugar.
Krueger se acerca con maligno instinto. Posiblemente esté entusiasmado con el espectáculo de sangre danzante que brindará al atacar la yugular de Bobby.
Cientos de pasajeros miramos absortos. Nadie respira hace al menos cuatro minutos.
Dicen que Dios está en los detalles. Otros dicen que ese es el Diablo. Como sea. Bendito sea el panchero.
Un niño de no más de 4 años de pura inocencia camina por detrás de Krueger. Come, con envidable desenfado, un simple y sencillo pancho.
Krueger tiene el olfato de los depredadores. Desde su posición podría oler las esporas emanadas por el metal caliente de las vías del estado de Pennsylvania, tras el paso del tren que une Pittsburgh y Lancaster, aún estando completamente resfriado.
La presencia del pancho logró que cambiara de víctima al menos transitoriamente. Eso, y que el niño le jaló la cola bruscamente.
Krueger giró y enfrentó al niño, que se quedó inmóvil y aterrado. Bobby aún movía la cola, aunque con menos entusiasmo, por sentirse reemplazado.
Le chisté. Quise hacerle un gesto para que huyera. Pero Bobby quería jugar. El boludo de Bobby sólo quería jugar.
Krueger desenfundó sus mastodónticos colmillos. El niño frunció la cara para llorar, pero no tuvo tiempo.
En un segundo, el gesto adusto y asesino de Krueger se transformó en un semblante marcado por la sorpresa y el súbito desconcierto.
Todos sus grupos musculares se contrajeron de inmediato. Krueger intentó, aún terso e inmóvil, descifrar qué le producía la parálisis total.
Con su característico e inocente jadeo, Bobby lo había montado por detrás y lo había encestado sin demasiado esfuerzo y con envidiable destreza.
Krueger comprendió y se sacudió epilépticamente. Pero Bobby era un gran domador. Continuó el frenesí de su pelvis hasta apaciguar a su partenaire.
Llevan así algunos minutos. Krueger luce más tranquilo. Ya no parece tan malo. Es que Bobby sólo quería jugar.

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