Son poco más de las cinco de la tarde, y miro techos, ventanas y terrazas desde la imponente altura de la sala de espera del consultorio de una doctora a la que llamaré Méndez. El departamento en el que atiende está ubicado en el octavo piso de un edificio de la Avenida Rivadavia, en el barrio porteño de Caballito. Estoy de pie junto al ventanal que da al balcón corrido, esperando a que en algún momento ella diga el nombre de mi hijo.
En realidad, no vinimos a ver a la doctora Méndez, que es oftalmóloga pediátrica, sino a la doctora que llamaré González, que es dermatóloga, por una imperfección cutánea menor, de nacimiento. Ella lo atendió bastante rápido, así que podríamos habernos liberado entonces. Pero la secretaria de ambas, cuando escuchó la edad del bebé, me preguntó si no quería matar dos pájaros de un tiro y hacerle el fondo de ojo de los seis meses. Dije que no tenía orden, pero me contestó que no era necesaria. Que podía consultarlo, que la doctora Méndez seguro se hacía un hueco.
La doctora Méndez, a quien solo había visto una vez, justamente para el fondo de ojo del mes de vida, le dijo que sí, y por eso son poco más de las cinco de la tarde y el sol —por fin el sol— pasa a través del vidrio sucio, me entibia la cara y me adormece mientras miro techos, ventanas y terrazas y la espera se extiende.
Aunque soy ansioso y protestón, no me quejo: al fin y al cabo, me están haciendo un favor. Los pendientes del trabajo no me preocupan: aprendí que tener un hijo chiquito te blinda con un manto de impunidad contra las urgencias y los apuros de las patronales.
El bebé se porta bien. Me causa entre gracia y vergüenza que grite de la manera en que lo hace desde algún tiempo, cuando se descubrió la voz. Pero no creo que le moleste a nadie: hay otros dos chicos correteando por ahí y un tercero atragantándose con un cacho de banana que le dio la madre.
La doctora Méndez vuelve a decir un nombre que no es el del bebé que tengo a upa, así que vuelvo a perderme en los edificios del barrio. El cielo está impoluto, despejado, azul como no se ve en meses. Envidio los espacios al aire libre, las parrillas ajenas, los lugares para colgar la ropa que yo no tengo.
La altura me fascina y me aterra en la misma medida. Me da vértigo y me atrae. De solo imaginarme el vacío, ahora, al escribirlo, me transpiran las manos. Por eso es curioso que, justo mientras pienso eso y la doctora sigue sin llamarnos, en el techo de un edificio lejano, vislumbre a una mujer a la que llamaré Rita.
Rita tendrá unos cincuenta años. No está vestida de manera extraña, ni tiene ninguna seña particular que llame la atención. Tampoco ríe, ni llora, ni parece pensar demasiado en lo que está haciendo: caminar por las membranas asfálticas en dirección a la calle, a alguna calle que la perspectiva me impide descifrar.
No es que crea inmediatamente que Rita vaya a saltar. Pero avanza firme, sin titubeos. Se mueve con la soltura de quien tiene un objetivo concreto, como destapar una canaleta llena de hojas, pienso. El problema es que no veo ninguna canaleta. Y que Rita, sin dejar de caminar, saca su celular, ¿escribe? algo y se agacha para dejarlo en el piso que a la vez es techo.
En ningún momento Rita deja de avanzar hacia la cornisa. Del otro lado del vidrio, y a varias cuadras de distancia, no puedo hacer más que observar y tratar de convencerme de que nadie que esté a punto de tomar una decisión así camina tan campante por una azotea. Pero no lo sé.
De repente mi bebé pega un grito que para él es muy divertido, pero que a mí casi me causa una arritmia. Descubro que tengo el corazón acelerado. Vuelvo a buscar la terraza de Rita con la mirada. Me cuesta encontrarla, pero lo consigo. Ella sigue ahí, pero no en el mismo lugar. Nunca detuvo su marcha. Está a menos de dos metros del filo del edificio y no parece tener la intención de dejar de caminar.
Entonces la voz amable de la doctora Méndez llega desde el pasillo y atraviesa la sala de espera hasta alcanzarme junto al ventanal.
—¿Fermín?
Giro la cabeza y sonrío.
—Vamos, gordo —le susurro al chiquito. Después le doy un beso en su fontanela cubierta de pelos finos y rubios y, mientras me meto en el consultorio, le agradezco a la doctora Méndez por habernos hecho un lugar entre sus pacientes.

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