Un autógrafo del Diego

¿Hay algo más lindo que ir a la cancha por primera vez? Sí: que ese día juegue el Diego. ¿Hay algo más lindo que ver al Diego en tu debut en el tablón? Sí: que la jornada termine con vos pidiéndole que te firme la camiseta. Así me pasó a mí. Tenía 7 años.

Fue un 9 de junio de 1997. Yo no sabía qué carajo era la Cruz Roja. Pero esa tarde, Estudiantes y Gimnasia jugarían un amistoso a su beneficio, para recaudar fondos y donarle una ambulancia de alta complejidad. ¿El atractivo? Maradona iba a disputar un tiempo para cada equipo.

En casa nadie le daba mucha bola al fútbol salvo yo, que iniciaba un prometedor fracaso en las canchas peladas de las infantiles del Lobo. Pero apareció mi hermano, pincha, con dos generales para lo que sin dudas sería la tarde platense más épica de ese otoño.
Fui con una campera de esas gordas, por estricta orden de mi vieja. Supongo que era para protegerme del frío y de las puñaladas que ella creía que me iban a dar, con esa imaginación trágica de las madres. Fer se calzó la Olan del Pincha y manoteó un fibrón negro antes de salir.

Trepamos por los tablones hasta una altura media. Detrás del arco iba la barra, así que nos ubicamos en uno de los codos, cerca del córner, entre un viejo que usaba una radio como almohada y un pibe que fumaba unos cigarrillos armados como con servilletas de panchería.
Narrar los pormenores referidos al partido en sí es como sumergirse en una jarra loca de lisérgicos y Manaos de uva. De esa tarde de fútbol se desprende un reguero de datos y acontecimientos tan inverosímiles que nadie se animaría a contarlos en un psicotécnico.

Como para arrancar tranqui, Diego llegó una hora y media tarde. Y en helicóptero.
Para sorpresa de todos, arbitró una mujer. Era algo inédito para la época. Los hinchas, no muy deconstruidos en 1997, estaban descontentos con la designación y le dispensaron un glosario de bestialidades que yo desconocía y que mi hermano me rogó no repetir frente a mamá.
Los equipos eran un suicidio en el PC Fútbol de ese año y serían incomprables unas temporadas después: Palermo, Verón, Bossio, por el lado Pincha. Guillermo y Gustavo en el Lobo, reforzados con el Piojo Manso, Campagnuolo, un tal Piaggio y, en el primer tiempo, el propio Maradona.

En verdad, no se hacían llamar Estudiantes y Gimnasia, sino Rojo y Azul. Me cago en la diferencia. En la primera, Azconzábal reventó una pelota fuera del estadio. El Mellizo jugaba como si quisiera que la ambulancia de la Cruz Roja solo fuera destinada a recoger cadáveres del rival.

Flor Romano fue pionera del arbitraje femenino pero, la verdad sea dicha, tuvo una mala tarde. Como si el tema no viniera caldeado, cobró un penal que no hubiera dado ni Flanders. Varios se enojaron y hasta reclamaron la devolución del alimento no perecedero que habían donado.
Cuando sonó el silbato se me estrujó el corazón: iba a ver por primera vez un gol en vivo. Guillermo tomó carrera y avanzó.
—¡Kiricocho!— gritó el viejo de la radio y cogoteé para mirarlo. Cuando volví la cabeza al partido, el Mellizo ya festejaba el 1 a 0.
Miré para todos lados, desconcertado. Esperé. Nada. Los jugadores del Lobo se saludaban. Nada. Los del Pincha volvían para sacar del medio. Nada. Descubrir que en la cancha no te pasan la repetición fue mi pérdida de la inocencia.

El primer cambio también lo metió el Lobo. Entró un atleta local al que le faltaba una pierna. Con muletas, se desplazaba por el césped con una agilidad que no tuvieron muchos futbolistas que vi después. En la primera que tocó, le dio un pase preciso al Diego y picó al área.
Diego abrió para Guillermo, que habilitó a Piaggio. A los muletazos, el atleta entró solo por la derecha. Si se la daban, era gol y hit emotivo de la tarde. Pero, en lugar del pase, Piaggio ensayó un puntinazo flácido que Bossio atajó sin drama. Un auténtico hijo de puta.

El partido se picó cuando lo echaron a Dopazo. Diego y la hinchada reclamaron a la árbitro que lo dejara seguir jugando, que era un amistoso. Ella se mantuvo en sus trece. Así que Diego decidió que, si Dopazo no jugaba más, él tampoco. Y se autoexpulsó.
Al parecer Dopazo era un actor fundamental para concretar la compra de la ambulancia, pero más lo era Diego. Fuera por eso o por presión del ministerio de Salud, Romano tomó una determinación propia de un VAR analógico, revirtió la expulsión y ambos continuaron en cancha.

En algún momento, Bruno Giménez -que años después se cambiaría el apellido a Marioni- había empatado el partido. Me lo contó mi hermano cuando volví de mear.
Me había mandado solo a un baño más irrespirable que Chernobyl, atestado de letrinas amarillentas y griferías corroídas por el óxido. Cuando regresé, vi cómo le devolvía el cigarrillo de papel al hincha de al lado, que apenas conocía de putear a la referí.
Como si el evento no tuviera ya suficientes condimentos de un partido de Los Amigos de Marley contra los de Polino, y menos adrenalina que la liga de San Marino, en cancha irrumpió un futbolista al que de ahora en adelante llamaré Catorce.

Catorce ingresó con ese número en la espalda y formó una dupla exquisita con Maradona en el complemento, cuando el Diez vistió la albirroja. Un par de fintas bastaron para que el público diera su veredicto: Catorce era un crack del recontra carajo.
Nadie sabía su nombre, y mucho menos cómo había llegado a un partido en el que, por muy poco, estaba cerca de eclipsar al más grande de todos los tiempos. No digo que la hinchada haya coreado más veces “Catorce” que “Diego”, pero por las dudas no me obliguen a contar.

De los dos goles, hasta el momento, no había visto ninguno. Y lo mismo me pasó cuando De Vicente puso el 2 a 1 para los de rojo, porque me distrajo el cocacolero que quería pasar por un lugar imposible. Por suerte el 2 a 2 lo pude ver casi bien, porque fue en el arco lejano.
Pero, diría @EduardoSacheri, lo raro empezó después. El ambiente comenzó a enturbiarse. Muchos hinchas empezaron a treparse al alambrado. La invasión estaba más cantada que Corazón de los Decadentes. Cuando sonó el pitazo final, la cancha ya era un hormiguero pateado.

Policías y organizadores intentaban en vano atrapar a la gente que corría a lo largo y ancho del campo de juego buscando llevarse algún souvenir de los futbolistas. Con Fer mirábamos desde la popular. Y entonces reparé en un detalle.
Que me parta un rayo si miento con esto: en una esquinita, en el córner, había una puerta de alambre cerrada con un pasador. El canchero, que hasta hacía dos minutos estaba allí plantado, había dejado su posición, tal vez para intentar la foto de su vida con el astro.
Maradona estaba ofuscado y peleaba por ir al vestuario. La seguridad estaba desbordada. Y cuando mi hermano mayor debía darme una lección para la posteridad de que la civilización es innegociable y coso, me agarró del brazo y me arrastró hacia la insólita puertita de alambre.

Fer era, ante todo, un estratega. No se despersonificaba en el comportamiento en masa sin antes tener un plan perfecto. Mientras los hinchas acosaban a los jugadores y las autoridades intentaban controlar el caos, me llevó a los tirones hacia el único lugar desierto: el túnel.
Nos metimos en la zona común del vestuario. Teníamos el fibrón y la camiseta Olan. Empezó a llegar gente de la tele, periodistas. Distinguí a uno de pelo verde que estaba en el programa de Pato Galván que mi mamá no me dejaba mirar porque iba muy tarde.
A los pocos minutos, el corredor se convirtió en un desfiladero de futbolistas. Mi yo de 7 años tenía los ojos fuera de las cuencas. Mientras pasaban, Fer les extendía la camiseta a los del Pincha, ellos le estampaban un garabato y se la devolvían.
El rumor en el exterior empezó a calmarse de a poco. La voz del estadio instó a los inadaptados de siempre a respetar el carácter solidario del evento y retirarse de las inmediaciones de la cancha.

Apareció el mellizo Guillermo. ¿Quién podía imaginar que en poco tiempo iba a ser ídolo mío en Boca? O que ese platinado ridículo de Estudiantes le iba a meter dos goles al Real Madrid y lo iba a tener que congelar por años en un poster en mi cuarto.
Y volvió a pasar Guillermo Barros Schelotto. No entendía un choto, si lo acababa de ver. ¿Veía doble? Era Gustavo. ¿O el otro era Gustavo y este Guillermo? No sé. Por las dudas también le sonreí.
Fer me pidió que esperáramos, pero Diego no aparecía. Ya teníamos una camiseta repleta de firmas. Palermo. Verón. De Vicente. Azconzábal, La Grottería. Bossio, el arquero del gol de cabeza. El Profe Córdoba. Y claro, la figura: Catorce. Era un buen botín.
De pronto mi hermano tuvo una idea: “Vamos”, me dijo. Lo seguí mudo, como si él no fuera tan ingenuo en ese espacio como yo. El estadio ya estaba vacío. La mayoría de los reflectores, apagados. Dos cancheros recogían las redes. Un policía custodiaba un portón.
La pregunta de Fer fue ridícula.
—Oficial, ¿vio a Maradona?
El policía no se inmutó. Juntó los dedos y tomó un papel con la cara de Belgrano que le extendía mi hermano con el puño a medio cerrar. Dio un paso al costado y abrió.
—No creo que lleguen—lamentó—. Se va como vino.

Corrimos de la mano por un campo abierto apenas iluminado por un reflector apoyado en el pasto, jadeando, casi a ciegas, contra un viento descomunal. A unos cien metros de nosotros, y a unos veinte del suelo, un helicóptero ganaba altura, ensordeciéndonos aún a la distancia.
Fer frenó. Estaba abatido. Hacía frío. El viento nos volaba. Mientras se agarraba la cabeza, tomé aire, junté las manos sobre mi boca para ganar volumen y grité:
—¡Diego! ¿Me firmás la camiseta?
No hubo respuesta. El helicóptero se borró tras los árboles del Bosque platense.
Le pregunté a Fer si podíamos ir a comer un choripán. Me dijo que sí, que le había pintado el bajón. Le respondí que no estuviera triste. Y que yo ya tenía bastante hambre.

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