Dos en un baño

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—Disculpe. Creo que se le está por caer.
Ahora sí Alberto no tuvo otra opción que mirarlo.
—¿Cómo?—preguntó.
—Que se le está por caer—, repitió el hombrecito, señalando hacia abajo con la quijada.
Alberto se miró el pito, pero todo parecía en orden. Se sintió molesto por segunda vez en muy poco tiempo. La primera había sido un minuto atrás, cuando ese viejo ingresó al baño y, pese a que había ocho mingitorios vacíos en fila, eligió ponerse a mear exactamente al lado de él.
El petiso sonrió.
—Me refiero al billete que tiene en el bolsillo de atrás. Está a punto de salirse.
—Ah.
En ese momento empezó a escucharse la asonante melodía del caudal de orina del viejo al estrellarse contra el mingitorio.
Alberto se enfadó por tercera vez. Le costaba mear si alguien se le ponía al lado en los baños públicos. Era un círculo vicioso: eso lo tensaba y dificultaba más su excreción. Encima, el fulano podía realizar la actividad sin mayores complicaciones, y el que parecía tener problemas de próstata era él.
La voz de su vecino urinario lo sacó de sus cavilaciones.
—Linda fiestita— celebró.
Alberto devolvió una onomatopeya inentendible, cargada de consonantes. El hombre siguió.
—¡Lo que hacía que no iba a una fiesta así!
No le contestó. Estaba concentrado y ensayaba movimientos de músculos perianales para relajarse y arrojar de una vez el pis adonde correspondía. Pero no había caso. Parecía seco.
Entonces se enteró, sin haberlo solicitado, que el de al lado se llamaba Claudio.
—Me llamo Claudio— dijo, y amagó a extender la mano pero la retrajo rápidamente.
—Alberto—, masculló, resignado a aflojarse a la fuerza porque si no terminaría de orinar mucho después que su contrincante, y eso era vergonzoso teniendo en cuenta que había ingresado varios minutos antes que él.
—¿Pariente de la novia?
—El padre, sí.
Escuchó cómo la lluvia dorada de Claudio había cesado. Pero el petiso no se movió.
—¡Oh! Felicitaciones entonces.
—Muy amable— intentó sonreir Alberto, pero era de esas personas que, si no estaban en gracia, difícilmente pueden simular estarlo.
Para su sorpresa, volvió a escucharse el chorro de orín de Claudio, y auditivamente sonó como si recién empezara.
—Debe sentirse muy orgulloso. La conocimos hoy a la nena, divina. Nosotros venimos de Neuquén. Llegamos tarde a la Iglesia. Qué pena—hizo una pausa—. Ojalá yo hubiera podido llevar a mi hija al altar…
Su voz sonó triste. Alberto intuyó que el otro esperaba una respuesta.
—¿Nunca se casó la nena? — intentó adivinar.
—¡Nunca tuve una nena! — Claudio estalló en una carcajada— Todos varones. Cuatro. Pero me imagino que debe ser un gran momento.
Alberto asintió con un resoplido vago.
—No me diga que no está contento— inquirió el viejo, cuyo chorro se había cortado nuevamente.
—No, no es eso— sonrió Alberto.
—¡Mire que Rubencito es un tipazo!
Ahí se dio cuenta que nunca le había preguntado qué rol cumplía en la boda.
—¿Usted es pariente?
—El tío. El tío borracho, como me dice él— lanzó una carcajada gastada, que sonó como una batería de un auto al que le cuesta arrancar.
Por tercera vez, reanudó su catarata de pis.
Esto último desalentó a Alberto, a quien sólo le quedaba una estrategia: fingir que había terminado, improvisar una sacudida ampulosa y guardar el miembro para volver más tarde, en soledad. Pero entonces pensó: su partenaire llevaba al menos tres minutos orinando en grandes raciones, interrumpiéndose una y otra vez, sin regalar la mínima atención a lo que pudiera pensar el prójimo de un sistema de riegue tan intermitente y vetusto. Y como si fuera el milagro la lluvia en un campo tras meses de sequía, de su pito cabizbajo brotaron las primeras gotas.
Claudio volvió a hablar, aunque ahora había elevado la voz.
—No se preocupe amigo. Rubencito es un pan de Dios. Entiendo que esté un poco angustiado. Es duro cuando los hijos dejan el nido…
Alberto asintió. Inconscientemente, jugaba a desacomodar las bolitas de naftalina con la presión de su chorro de meo.
—¡Y tranquilo! — saltó Claudio—. Si se llega a mandar alguna cagada… —abrió las dos manos para imitar una tijera de podar invisible y las agitó— ¡le cortamos las pelotas! Yo lo ayudo. Ahora mismo se lo voy a advertir.
Alberto no dijo nada. Estaba triste. De golpe, el whisky pareció habérsele metido por el corazón, y tenía unas ganas irrefrenables de llorar. Hasta sintió congoja cuando escuchó cómo Claudio se subía la bragueta.
—Hombre, está en el casamiento de su hija… ¡Debería estar celebrando! ¿Sabe lo que habría dado yo por esa posibilidad?
—No se ofenda, Claudio— consideró que sería justo decirle la verdad—. Le jugué una broma, no soy el padre de esa chica. Soy el encargado del salón. No lo tome a mal, solo…
Claudio repitió la risa de batería gastada y le pegó una palmada en el hombro, descostillándose de la risa. Alberto se salpicó buena parte de los dedos.
—¡Cómo me hizo entrar! Imagínese si yo salía, gritaba a los cuatro vientos: “¡Rubén, pórtate bien o con el padre de la novia te cortamos los huevos”… ¡Y nada que ver! ¡Aparecía el encargado del salón! Menos mal que me avisó…
—No quise tomarle el pelo.
—Pero por favor, hombre. Así es la vida. Hay que divertirse. Yo soy un bromista también.
Ambos se encaminaron a lavarse las manos. Alberto sintió que le quedaba un cabo suelto. Era eso, o simplemente, la necesidad de que alguien más lo supiera.
—Claudio, le agradecería que no dijera nada de la broma. Creo que esa chica no tiene padre. Oí alguna historia por el estilo. Un abandono, un accidente, algo de eso.
—¡Olvídelo, hombre!
—Espero que no crea que bromeé adrede sobre una desgracia.
—Descuide— dijo, y lanzó una sonrisa bonachona antes de salir hacia la pista.
Alberto se secó las manos. Abrió la billetera y miró la foto de la niña. Estaba idéntica. Con veintisiete años más, pero estaba idéntica.

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