Hoy: «Hank, Matt, las donas y un error de tipeo en la palabra «Pakistán»»
—No.
Hank ni siquiera había escuchado la pregunta, pero contestaba eso a cualquier cosa que le preguntara el imbécil de Matt. En el ochenta y cuatro por ciento de los casos era la respuesta acertada.
—¿Seguro? Eres el primer loco de toda la redacción que las rechaza —dijo Matt.
Hank giró la cabeza apenas. Ni tanto como para ver al interlocutor a sus espaldas ni tan poco como para separar la vista del monitor. Meditó la conveniencia de sus palabras. Al final fue derrotado por la curiosidad.
—¿Que rechaza qué, Matt? —preguntó con fastidio.
—Donas— contestó Matt con la boca llena. Hank odiaba cuando hacía eso. En secreto, deseaba que el estúpido del pasante se atorara como el desagüe de su cocina cada vez que tiraba restos de tocino. Incluso fantaseaba con desobturar el esófago de Matt con su máquina destapadora de tuberías.
Hank completó el giro de sus cervicales hasta que sus ojos espesos dieron con la mesa de arrime sobre la que reposaban varias cajas de rosquillas. Lucían tentadoras, tenía que admitirlo. Eran de Anthony’s Donuts, su lugar favorito en todo el maldito estado. Para colmo, esa mañana había discutido con Elisa y se había ido al trabajo sin terminar de desayunar.
Supo que lo lamentaría más tarde, pero no tuvo más remedio que aceptar.
—De acuerdo.
Devoró la dona en segundos. Sintió el alivio de la ansiedad más que del hambre en sí. Se sacudió las migajas de sus manos y volvió a posarlas sobre el teclado. No pasó ni medio minuto hasta que su cerebro le reclamó una nueva dosis de harina y azúcares, pero Hank intentó controlar la abstinencia. Prefería pasar sus dedos por la trituradora de papel a pedirle algo más al pelmazo de Matt.
—Deliciosas, ¿eh? —masculló él.
—¿Sigues aquí? —preguntó Hank.
—Por supuesto, tío Hank*.
—No soy tu tío**.
—Es como si lo fueras.
—No para mí —respondió Hank, aunque de manera inaudible. Al fin y al cabo, Matt era un chico. Hijo de las nuevas generaciones y su holgazanería, sí, un inútil perfecto, incapaz de redactar un párrafo sin pedir ayuda, también, pero nada más que un chico. Intentó contenerse y ser empático. Se obligó a recordar sus primeros días en el periódico. Quizás alguien pensó que él era un idiota, tal como pensaba ahora él de Matt, reflexionó.
Pronto llegó a la conclusión de que no. Él impuso respeto desde el primer minuto. Bastaba recordar la ocasión en que leyó al pasar, por encima del hombro de uno de los redactores, un artículo que éste escribía a toda velocidad en su máquina Underwood. Hank, con total desparpajo, le señaló un error de tipeo en la palabra «Pakistán». Apenas terminó de pronunciar la n, la redacción, que parecía flotar abstraída en una nube de humo de cigarros, y ardía entre timbres de teléfonos y alaridos de editores y diagramadores, adquirió una tensión mortuoria y quedó en completo silencio, como si alguien le hubiera quitado el sonido con un mando a distancia. El repiqueteo de las teclas de la Underwood también se detuvo en ese instante, y quien giró para descubrir quién era el insolente que se atrevía a marcarle un error fue nada más y nada menos que el gran Samuel Connery, emblema del periodismo gráfico norteamericano de los años setenta.
—Métete en tus asuntos, niñato —le había espetado Connery, que en persona parecía mucho menos amable que en sus simpáticas participaciones como columnista del programa La hora de Waldorf.
—Y tú respeta el nombre de las naciones —dijo Hank, sin inquietarse en lo más mínimo. Luego cruzó toda la sala, seguido por la mirada atónita de sus flamantes colegas, y se sentó en su humilde escritorio, que no era más que un pupitre desvencijado, probablemente robado de la preparatoria contigua. Cuando acomodó el papel para comenzar su primera crónica, la redacción retomó su caos habitual, como si el televidente invisible hubiera activado nuevamente el nivel de volumen.
Un leve cosquilleo en la coronilla trajo a Hank de vuelta al presente. La comezón siguió río abajo por su nuca y se coló en el cuello de su camisa, alcanzando los primeros centímetros de su espalda. Matt masticaba una dona sobre su cabeza, inclinado unos centímetros por encima de él para intentar ver de cerca el monitor de Hank.
—¿Sobre qué escribes, tío Hank***? —inquirió el mocoso.
Hank se sacudió las migajas y optó por no contestar.
*En español en el original.
**En español en el original.
***En español en el original.


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