La segunda noche de carnaval no fuimos al corso. Tiramos doce chorizos a la parrilla y nos quedamos ahí, al aire libre, abajo del techito de la cabaña. Habíamos tomado cerveza desde las doce del mediodía. Hacía tres horas habíamos pasado al vino y, al final, al whisky.
La introducción es para que el lector infiera que los ánimos estaban entonados a la hora de debatir cualquier tema. Cuando salió lo de la astrología, por ejemplo, las mujeres de las tres parejas se pronunciaron a favor. Yo tomé una posición neutral. Nacho hizo un ademán de «Ah, bueh» y amagó con irse. Rob no entendía nada.
—¿Por qué no creería? —preguntó— Las estrellas se ven desde acá.
—Eso es «astronomía» —lo orienté.
—Dejalo —desestimó Nacho—. Qué pretendés, si está fumado desde la mañana.
Rob fingió ofenderse. Lula lo miró con amor y se rio. Después le sugirió que se fueran a dormir. Él eligió quedarse un rato más. Ana, mi mujer, dijo que también tenía sueño y me deslizó la misma propuesta.
—Voy en un cacho. La discusión promete —me excusé.
Pero el tópico de la astrología fue apenas un acorde de paso. Cuando quedamos solos nosotros cuatro, Lorena desvió el tema.
—Vos porque sos un escéptico de mierda —acusó a su pareja—. No creés ni en la terapia.
Nacho se relajó en la reposera y largó una carcajada sarcástica.
—Sí, sí… Terapia: pagarle a alguien para que me diga lo que ya sé. Dale, ahí voy. Ahí arranco, ¿eh? Ya. Ahora, el lunes. Dos veces por semana. Lunes y jueves. O tres, mejor. Lunes, miércoles y jueves. Eso. Tres.
Me pareció que había abusado de los recursos para marcar la ironía, pero no lo mencioné.
—Uuuh, a mí la terapia me encanta —aportó Rob—. Te dicen algo y la cabeza ¡puf! Y yo digo… ¡Tiene razón, es eso! Me deja flasheando mal. Encima, la psicóloga tiene unas tetas…
Rob se frenó de golpe, le dedicó una mirada de disculpa a Lorena y una pitada honda al porro.
—Vos flasheás con cualquier cosa —lo picó Nacho—. Mirá la pinta de lo que estás fumando. Y vos lo dijiste, «tiene razón»: te das cuenta que dice algo que ya sabías.
—No es así, amor —insistió Lorena—. Vos sos súper cerrado. A algunas personas nos hace bien ir. A mí, por ejemplo.
Nacho chasqueó la lengua.
—Todas boludeces —concluyó, y se llevó el vaso de Johnnie Walker a los labios, hasta dejar solo dos hielos a medio derretir—. Cuando me pasa algo, lo soluciono yo solo.
Hubo un instante de silencio en el que pareció que el tema se había agotado. Los grillos aprovecharon para imponer su estridulación, ocultos en el césped perfectamente cortado. Rob tuvo que decir algo, víctima de esa epidemia que afecta a la gente que no soporta el silencio.
—Me recontra cago.
Se paró y entró en la cabaña.
—Lo de los celos lo solucionaste, entonces, ¿no? ¿O eso no? —escupió Lorena, sin preocuparse de que todavía estuviera yo.
—Uf, Lorena, otra vez con eso.
—Porque si tan bueno sos para autosanar, podrías empezar por ahí, así dejo el celular a la vista sin preocuparme de que lo empieces a revisar.
Comprendí que era momento de dejarlos solos.
—Bueno, amigos… —anuncié, al tiempo que me incorporaba con esfuerzo en la reposera— Me voy a dorm…
—Vos te quedás ahí —me frenó Lorena.
—Ni se te ocurra —me advirtió Nacho.
Volví a apoyar la espalda en el respaldo como si hubiera sido víctima de una fuerza G.
Nacho agarró un vaso de plástico violeta con restos de vino y cerveza y luego tomó la botella de whisky. No se molestó siquiera en ponerle hielo.
—Una enjuagadita, capaz… —murmuré, sin demasiado coraje. Él lo llenó hasta el borde y me lo puso frente a la cara.
—Si no tuvieras nada que ocultar —formuló Nacho—, no estarías tan preocupada.
Lorena revoleó los ojos.
—Qué te pensás, idiota. El celular es mío, es algo íntimo, no te tengo que andar dando explicaciones a vos.
—Mirala —me involucró Nacho—. «Íntimo», un celular. Cero perseguida, ¿no?
Mantuve el gesto lo más neutro que me salió, con todos los grupos musculares de la cara en completa tensión para no dar lugar a la mínima microexpresión. Me llevé a los labios el vaso. El whisky tenía unas notas oxidadas de malbec barato, lúpulo y cebada y un aroma primario a nicotina, por lo que deduje que ese vaso también había sido usado como cenicero en algún momento de la noche. Tragué con cierta dificultad y me ahogué.
—¿Qué ponés esa cara? —me increpó Lorena.
—Nada, nada —tosí, con los ojos llenos de lágrimas.
Una suerte de explosión controlada con efecto de trombón y onomatopeya de R alargada sonó apagada dentro de la cabaña y surcó el silencio incómodo de la discusión conyugal.
—Mirá el pedo que se tira este hijo de puta de Rob —analizó Nacho.
—Desagradable —evaluó Lorena—. Pero bueno, amigo tuyo, qué querés…
—No, no —negó con la cabeza Nacho—. Con mis amigos no. Además, ¿no era que te caía bárbaro? ¿De pronto se raja un pedo y para vos es el fin de una amistad? ¿Qué tendría que hacer entonces yo con tu cándida vagin…?
—¡Ni se te ocurra, Ignacio! —amenazó con el dedo Lorena— Ni se te ocurra.
Apuré el trago. Cada sorbo era como lamer el tapete del baño de una estación de servicio.
—Que lo digas vos, encima —rumió Lorena—. Que la última vez que me hiciste acabar el dólar estaba a veintitrés pesos.
—Eso… ¿Qué habrá sido? ¿2018? —calculé, haciendo un esfuerzo por recordar la fecha de un crédito que había tomado por esa época. Ninguno me contestó. Nacho volvió a darle un trago largo al whisky.
—Y, bueno —retrucó al fin—. Escribile a alguno de tus amiguitos, esos que te mandan mensajes.
Ahora fue Lorena la que gesticuló pero no pudo articular respuesta hasta varios segundos después.
—Sos un desagradecido, Ignacio. Con todo lo que hago por vos. Vivís como un rey. Trabajás en casa y te rascás las pelotas a dos manos. Me encargo de todo. Cocino…
—«Cocino» —se burló él, y me miró— ¿Sabés cuántas veces leí «Edelmiro está llegando» esta semana? Cuatro. Cuatro veces el mismo delivery. ¡El mismo! Está a dos pedaleadas de competir en el Tour de France.
—¿Sabés lo que necesitamos vos y yo? —preguntó de pronto Lorena—. Un juez. Alguien imparcial, un árbitro.
Los dos me miraron al mismo tiempo. Conjugué de todas las formas posibles el verbo «ir».
—Me voy a ir yendo.
—Vos te quedás acá —dijeron al unísono.
Nacho agarró mi vaso, que estaba por la mitad, y lo completó otra vez hasta el tope, ignorando la pendulación tímida de mi dedo índice que sugería que no era necesario.
—Él va a ser objetivo —explicó Lorena—. Está acá por ser pareja de Ana, no por ser amigo nuestro, claramente.
Fruncí un poco la mirada, intentando interpretar la entonación del adverbio «claramente». Continuó con las indicaciones.
—Vos mencionás un tópico de conflicto de pareja —dijo—. Nosotros respondemos. Vos juzgás quién actúa mejor en cada uno. El mejor de siete gana la discusión.
—Una especie de tenis conyugal —sugerí.
—No sabés nada de tenis, ¿no? Se parece mucho más a un ping pong —cuestionó ella.
—Atenete a responder quién gana cada punto y listo, ¿sí? No opines —ordenó él.
No parecía tener mucho margen para negarme a participar. Así que no tuve más remedio que asumir mi rol de referí. Busqué una moneda en mis bolsillos para realizar el sorteo pero, por supuesto, no tenía ninguna. Escondí una piedrita en mis puños. Nacho adivinó en cuál estaba y se ganó el derecho a responder primero en cada vuelta.
—El primer tópico es la bolsa de basura —anuncié—. La bolsa de basura, algo que a simple vista parece tan trivial, puede convertirse en un verdadero escollo durante la convivencia. Muchas parej…
—Dale, boludo, ¿cuál es la pregunta? —se hinchó las bolas Nacho.
—¿Quién dirían, objetivamente, que es el integrante o la integrante de la pareja que se ocupa con mayor frecuencia de cerrar y sacar a horario la bolsa de la basura?
Él levantó la mano sin dudar. Ella hizo un gesto de incomodidad, pero al final lo señaló.
—Uno a cero Nacho —dictaminé.
Lorena repuntó muy rápidamente. Empató con facilidad la pregunta sobre el papel higiénico. Nacho jamás se acordaba de cambiarlo y dejaba el rollo de cartón pelado en nueve de cada diez ocasiones, según las estadísticas oficiales de Lorena. Él no pudo, tampoco, poner en duda que fuera ella la que llenaba también todas las botellas de agua cada vez que se terminaban.
Las preguntas referidas a la categoría culinaria emparejaron otra vez la cuestión. Los dos admitieron cocinar muy poco, pero Nacho se encargaba de lavar la mayor parte de las veces. Lo mismo sucedía con la ropa, y el atenuante esgrimido por Lorena de que para él era más fácil por trabajar remoto no logró anular el punto.
—Estamos tres a dos a favor de Nacho —actualicé el marcador, sin atreverme a mirar a Lorena—. En caso de que el próximo punto sea para él, será el ganador de la contienda.
—Preguntá quién le tocó el culo a mi hermana, así ya gana de una vez —ironizó ella.
—¡Ya te dije que me la confundí con vos!
—O quién se la pasa hablando de la ex —insistió.
—Y, tan mal no me llevaba, al final.
La estrategia empleada por Lorena para embarrar la cancha funcionó a la perfección. Los dos se trenzaron en una discusión ininteligible, donde las palabras, las defensas y las acusaciones se tapaban unas con otras. Me llevé los dedos a la boca y emití un silbido agudo. Los dos enmudecieron.
—Como autoridad competente —me puse de pie—, juzgo que no están dadas las condiciones para el normal desarrollo del enfrentamiento. Por tanto lo doy por suspendido, sin ganadores ni reprogramación a la vista.
Los dos se me abalanzaron, con protestas airosas, reclamos de los puntos y demás maniqueos que buscaban torcer mi decisión final. Impertérrito, levanté los brazos para exigir distancia. Cuando los reclamos comenzaron a apagarse, hablé.
—¿Saben qué creo? —fruncí los labios, meditabundo— Que ustedes no necesitan un árbitro. Tampoco terapia, Lorena. Quizás solo necesiten ponerse un poco más en el lugar del otro. Aceptar que funcionan distinto, y elegir complementarse.
Ellos bajaron la mirada. Me envalentoné y continué mi monólogo durante un buen rato. Puse de ejemplo mi relación con Ana, los años juntos, las dificultades atravesadas codo a codo, cuestioné las instituciones, las imposiciones, los mandatos.
—Hemos crecido con una idea del amor romántica impuesta que poco tiene que ver con lo que construye de verdad a una pareja, el día a día, las diferencias. Es un ejercicio de tolerancia, de paciencia y sobre todo de elegirse a pesar de todo. En especial, en las difíciles.
Durante algunos segundos nadie habló. Entendí que ya no me impedirían retirarme y los despedí con una sonrisa breve.
En la cabaña reinaba el silencio. Apenas se escuchaba un ronquido apagado proveniente desde el baño. La cama de Rob estaba vacía, así que asumí que se había quedado dormido en el inodoro de nuevo. Ana apenas se sobresaltó al sentir mi cuerpo acurrucarse contra el suyo.
Desde afuera llegaron hasta mí, tenues, las voces de Lorena y Nacho, calmas, como un suave arrumaco antes de quedarme completamente dormido.
—Qué se piensa este boludo, mamita.
—Se hacen la parejita perfecta y ella se cansó de cagarlo.
—Jaja. ¿En serio?
—Al principio, sobre todo. Ahora creo que ya no tanto.
—Malísimo, el árbitro.
—Malísimo.
—¿Te sirvo?
—Un poquito. Ahí nomás. Hasta ahí, hasta ahí. Gracias.
Tenis conyugal


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