Piedra, papel o tijera

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(De cuando un infante me hinchó las pelotas)
“Para algo me va a servir”, pensé, y lo metí en la bolsita, entre la plasticola, la cartulina verde y los dos cuadernos que me encargó mi hermana que le comprara “en alguna librería de Buenos Aires”. Salí del local bastante apurado para tomar lo más rápido posible el colectivo a La Plata. Las demoras correspondientes, tanto del 152 para ir a Retiro como del siempre putísimo Plaza para viajar a mi ciudad, se sumaron a la desgracia de trabajar los sábados. Mi malhumor creció casi naturalmente, hasta el punto de sopesar distraídamente diversos atentados contra la propiedad pública y privada.
Una hora y quince minutos de espera en Retiro fueron suficientes para que mi bronca alcanzara la cumbre. Para los devotos de las “desgracias con suerte”, puedo conceder que era 3 de enero y, pese al sol abrasador de mediodía, el viento tornaba el asunto bastante soportable.
Cuando me desplomé sobre el asiento lado pasillo –ya conté en este espacio que la ventanilla es nido y punto de reunión de cucarachas– estaba decidido a dormir hasta que una orden judicial me obligara a abrir los ojos y bajar del colectivo. Una joven me pidió permiso y se sentó contra la ventanilla. De haber sido yo más gentil, le habría cedido mi asiento al chico que venía con ella y habría ido en busca de uno nuevo para que no viajaran separados, pero cada vez que hago algo así, después elijo uno que no se reclina o que se llueve, con cualquier condición climatológica externa. De modo que largué un “la chota” mental y cerré los ojos en procura de las dimensiones insondables de la inconsciencia del descanso.
El chirrido que me sobresaltó a los pocos segundos bien pudo tratarse de una frenada brusca, del arañido de una tiza nueva contra un pizarrón, o del rechinar de mil bisagras desaceitadas en una puerta de hierro antigua de cuatro mil kilos, pero no. Provenía de un retoño de no más de 4 años, rubión, aunque de tez trigueña. Estaba arrodillado en el asiento de adelante mío, y miraba por encima del respaldo. No me miraba a mí exactamente, sino a mi izquierda, donde había un segundo niño, vestido con la camiseta de Argentina, un poco gordito y, pareciera, de la misma edad que el rubiecito.
Pensé que mi sueño era tan grande que podría dormir aún con esas voces agudas y demoníacas que amenazaban con destrozarme los tímpanos. Claro que no fue así. A raíz de sus diálogos iniciales, pude comprobar a las pocas cuadras que no se conocían. Pero que habían decidido iniciar esa etapa durante el viaje a La Plata. Comenzaron con un juego sin mucha lógica, cuyo ganador era quien contaba más rayas del tapizado antes de la próxima frenada del colectivo. El rubiecito de delante de mí era, a todas luces, el menos domesticado y el más inquieto de los dos. Su madre miraba por la ventanilla, y pese a la contorsionista posición del pibe para jugar por detrás de su asiento y de, sobre todo, su insoportable timbre de voz, que hubiera podido sobresaltar la hibernación de un ornitorrinco en coma, jamás emitió reto o reproche. Sólo miraba, perdida, por la ventanilla, como si cualquier rastro de paciencia o incluso cordura le hubiese sido arrebatada por ese pichón desde el día del parto, y que según comprobé después, hubiera avanzado varias rondas en un casting para el papel de anticristo. Era verdaderamente ingobernable, al punto que, mentalmente, decidí apodarlo Siria.
En cambio, la madre del infante de mi izquierda regulaba los juegos y los gritos de los dos improvisados amigos, hasta con cierta vergüenza. Juegos que, claro está, ganaba el endemoniado pendejo de adelante mío, con dudosas y convenientes aplicaciones del reglamento. Pese a los gritos, yo seguía forzando el cierre de mis ojos.
Cuando Siria comenzó a apoyarse sobre mi rodilla para llegar más cerca de su amigo, estuve seguro de que su alienada madre reaccionaría. Iluso. Continuaba ajena a la vida de su hijo, como si no existiera o como si no deseara más que morir prontamente.
—Piedra, papel o tijera. Juguemos al “Piedra, papel o tijera” —, ofreció Siria.
—No. No quiero jugar más—, se rebeló, inesperadamente, el gordito sometido, y yo sentí muchas ganas de abrir los ojos y darle un abrazo.
—Entonces eres una nena—, dictaminó Siria en un sorpresivo español neutro, fruto, intuí, de las traducciones mexicanas de los canales de televisión infantiles. Y no cesó en su ofensiva:
—Comete tu cabeza hueca de tu cerebro con sangre.
—No puedo, porque tengo la boca en el cerebro—, se ufanó el otro, con discutible sentido de la razón.
—Entonces comete la cabeza del señor—, desafió Siria. No tuve que abrir los ojos para adivinar que “el señor” era yo. A esa altura, el huracanado infante estaba prácticamente colgado del asiento, miraba hacia atrás y apoyaba su mano contra mis rodillas con relativa presión, para preservar el equilibrio.
Finalmente, no me comieron la cabeza, pero hicieron algo mucho peor: comenzaron a jugar al “Piedra, papel o tijera”.
Cada vez que Siria mencionaba la consigna, daba pequeños pero constantes golpes sobre mi rodilla izquierda, con el puño cerrado. Un golpecito por cada palabra: “piedra” –pum-, “papel” –pum- o “tijera” –pum-. Luego adaptaba el instrumento elegido de acuerdo a lo que el otro inocentón mostraba primero. Esto lo adivinaba por los reclamos de la madre del damnificado. La otra seguía mirando la ventanilla, abstraída de las molestias que causaba su hijo a todo un poblado de trabajadores abatidos, o de simples personas que queríamos dormir.
En la mano número 146 o 147 de “Piedra, papel o tijera” yo ya tenía la pierna semidormida, por el golpeteo rítmico del puñito del pibe. Estaba a pocas cuadras de bajar del colectivo y de aquel infierno, lo que me esperanzaba como una luz al final de un túnel hacia la libertad. Ansiaba llegar de una vez a destino, antes que mis nervios estallasen por completo.
—¡Piedra, papel o tijera! — me golpeaba Siria, y gritaba cada vez más fuerte, fuera cual fuera el resultado.
—¡¡Piedra, papel o tijera!! —, espetaba Siria antes de desplegar su instrumento, mientras yo fruncía el ceño, mantenía los ojos cerrados y empezaba a perder la cordura. Debía resistir. Quedaban pocas cuadras.
—¡¡¡Piedra, papel o tijera!!! — repetía Siria, y en mi cabeza cada palabra sonaba atronadora, como si me metieran un destornillador en el oído y escarbaran dentro de mi cráneo hasta extraer unos buenos gramos de masa encefálica.
—¡¡Piedra, papel o tijera!! — reiteró en la mano 157 el insufrible engendro, y hacía temblar con sus puñetazos mi bolsa de la librería, mientras yo de a poco sentía que perdía definitivamente la noción del tiempo, el espacio y las circunstancias.
—¡¡Piedra, papel o …
—¡¡PUNZÓN!! — clamé, seguro de tener la carta del triunfo, mientras con un movimiento ágil ensartaba su manita de lado a lado y la encastraba definitivamente contra el mullido respaldo del asiento de Siria. Hubo una breve risotada del gordito oprimido, hasta que la sangre comenzó a derramarse a borbotones, río abajo por la cuerina de la butaca.
Ajeno al horror y al griterío histérico de los pasajeros, miré hacia afuera y comprobé con felicidad que era hora de bajarme del colectivo. Antes de subir al taxi lamenté que la cartulina verde estuviera manchada con algunas gotas de sangre. Después de decirle la dirección de mi casa al tachero, sonreí cuando me acordaba de esas cosas que a veces compro sin saber para qué me van a servir después.

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