Hace algunas semanas, mientras caminaba por la calle Emilio Mitre en el barrio de Caballito, me llamó la atención una caja abandonada al lado de un contenedor de basura. Era un poco más ancha que una caja de zapatillas y tenía pegada con cinta scotch una etiqueta que decía, con letra de fibrón rojo y en una cursiva exageradamente prolija, «Cartas encontradas».
Me acerqué y corrí de lugar algunas cosas igual de descartadas pero que no me interesaban para nada, como una silla mecedora a la que le faltaban varias maderas del respaldo, una máquina de coser destartalada y una bolsa repleta de ovillos de lana sucios y descoloridos. Llevé la caja hasta mi casa, muerto de curiosidad y de pánico a que saliera de adentro algún bicho indeseable y me caminara por los brazos. No pasó.
Cuando la abrí, en el piso y a cierta distancia, descubrí alrededor de trescientas cartas de todo tipo y color, escritas a mano, escritas a máquina, escritas como fuera. No tenían ningún patrón que las clasificara: las firmaban distintas personas, con distintas caligrafías y se las dedicaban o se las enviaban a destinatarios de lo más variopintos. Se firmaban, la mayoría, en distintas ciudades del conurbano bonaerense o en la misma Buenos Aires, y estaban fechadas en años de lo más disímiles: la más antigua tenía cerca de cincuenta años; la más reciente, menos de tres. No me pregunté, porque no me interesa contestármelo, por qué muchas de ellas — de hecho, la mayoría — estaban escritas y enviadas en años en los que ya existía de sobra internet, el correo electrónico y las aplicaciones de mensajería gratuita.
Todas estaban abiertas: en el mejor de los casos, alguna se conservaba dentro del sobre original, rasgado y amarillento. Tal vez por eso leerlas no implicó ningún reproche de mi conciencia ni me hizo sentir que violaba la intimidad de nadie. Y si esos sentimientos hubieran aparecido, también los habría ignorado.
Por los otros objetos que había visto en el contenedor, me inventé la historia de que serían parte de la colección de una señora mayor ya fallecida, cuyo departamento se habrían encargado de desmantelar sus deudos. Volví al contenedor al día siguiente, y al que le siguió a ese, y al otro también. Ninguna de las tres veces encontré cosas nuevas ni rastros de lo anterior.
Tiempo después pensé que no le haría daño a nadie transcribirlas y publicarlas, y si lo hacía, tampoco me importaba del todo.
Mucho peor me parecía guardarlas.
Marzo de 2008
Eduardo:
¿Desde cuándo deseás escapar junto a mí? ¿Desde cuándo me jurás que soy tu único amor, tanto en la vida real como en la correspondencia? ¿Desde cuándo deseás hijos conmigo? ¿Desde cuándo te olvidaste que tengo más de sesenta años y que ya atravesé la menopausia? ¿Desde cuándo borraste nuestras charlas sobre mi menopausia? ¿Desde cuándo no te importa la diferencia de edad? ¿Desde cuándo, si sos del 48, como yo? ¿Desde cuándo cuatro meses de diferencia implican esa «diferencia de edad considerable» a la que aludís? ¿Desde cuándo no vivís más en Lanús, discreto y a veces olvidado municipio de la provincia de Buenos Aires? ¿Desde cuándo sos propietario de una casa de lujo en Nordelta, lo que sea que eso signifique o donde sea que eso quede? ¿Desde cuándo tampoco te gustan los gatos? O, mejor dicho, ¿desde cuándo te dejaron de gustar? ¿Desde cuándo dejó de ser un buen plan una vida conmigo, en el retiro de una casa cómoda y sin pretensiones, desde cuándo renunciaste a la promesa de la compañía exclusiva de las plantas, mis piernas y, precisamente, los gatos? ¿Desde cuándo no tenés más el Peugeot 504 impecable, «de colección», en el que juraste hacerme el amor todos los días que te fuera posible apenas yo cruzara el océano y por fin nos encontráramos? ¿Desde cuándo sos tan guaso en tus palabras, tan poco sutil? ¿Desde cuándo renunciaste a los matices poéticos de tus epístolas para convertirlas en indignas cartas porno? ¿Desde cuándo yo, tu «amada Mónica», soy tu «inolvidable Silvia»? ¿Desde cuándo, Eduardo? ¿Desde cuándo equivocás las direcciones postales?
Desde hoy, hasta nunca, Eduardo.
Mónica.
Mó-ni-ca.


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