Los restos

Hace un mes me llamó una exnovia, Marina. No hablábamos desde 2016, algunos meses después de que cortamos. Me tomó por sorpresa, porque tenía otro número. Pensé que llamaban de algún banco o algo así. No dio muchas vueltas:
—¿Podrás venir al pueblo?
Me lo dijo con un tono neutro, difícil de descifrar, como casi todo en ella: primero me pareció que era un pedido entre resignado y fastidioso, algo que odiaba tener que hacer. Después me pareció entre triste y angustiado. En definitiva, no era algo feliz, como casi todo en ella.
—¿Al pueblo? —repetí, tras el saludo más protocolar y seco del que se tenga recuerdo en la historia de las telecomunicaciones— ¿Pasó algo?
—No… Bueno, necesito que vengas.
—Es que… ¿Para qué? No pensaba ir antes de las fiestas.
—Sí, me imaginé, pero necesito contarte algo.
Si esto pasaba en México, seguro me decía que tenía un hijo, Luis Gerardo, que no me lo había contado porque justo nos separamos, pero que ahora preguntaba por su padre y que era yo, o algo así. Pero como esto pasó en Argentina, me dijo:
—Necesito hacer un trámite con mi papá.
A su papá lo recordaba bien. Se llamaba Carlos. Querido en el pueblo, trabajador. Atendía el único almacén que no cerraba a la hora de la siesta. Tenía un corazón de miga de pan. Fumaba mucho y pasaba horas hablando con los vecinos. Desde el 2015 Carlos estaba muerto.
El recuerdo de Carlos siempre me empañaba la vista.
—¿Hola?
—Perdón —reaccioné—. Se entrecortó y no te escuché bien.
—¿Y por qué me pedís perdón? ¿Trabajás en Movistar?
—Es una forma de decir… ¿Qué trámite con tu papá?
—Ah, habías escuchado bien entonces.
Traté de que con mi silencio notara que se me estaban hinchando las bolas. Funcionó.
—Disculpá, estoy un poco sensible. Quiero cremar los restos de papá.
Odiaba que diera tantas vueltas para llegar al punto.
—¿Y qué tendría que ver yo?
—¿Te acordás lo que firmaste cuando murió?

La verdad era que no. Marina no tenía más familia que su madre, y cuando Carlos murió, alguien tuvo que hacerse cargo de la situación. Ese alguien fui yo: un pibe que hasta entonces su mayor responsabilidad había sido dirigir al Real Madrid en la PlayStation y recursar materias.
Sin ninguna experiencia en el tema, completé los papeles de la funeraria, gestioné el acta de defunción, completé datos que apenas sabía. Los últimos papeles fueron los del ingreso al cementerio municipal y la solicitud de la parcela. Firmé en la X sin leer ni una sola palabra.
Ese día compré por primera vez -y ojalá que última- un ataúd. Me pasearon por una sala repleta de ellos. Me mostraron precios, talles, materiales y calidades. Yo, con poco más de 20 años, elegí lo que pude. Después, velorio, entierro, duelos y, obvio, problemas.
Podía entender que un evento así transformara a mi novia y yo dejara de formar parte indispensable de sus planes. Un día me pidió perdón y me dio el olivo:
—Gracias por todo. Pero necesito un tiempo. Siento que este proceso tengo que atravesarlo únicamente conmigo misma.

“Conmigo misma” en realidad se llamaba Marcos, era el dueño del gimnasio del pueblo y se la cogía entre una y tres veces por semana. Lo sabía casi toda la provincia menos yo.
Ahí me mudé a Capital, salí del pozo ocupando la cabeza en el trabajo y, resumiendo mucho, pero mucho, lo superé. Al tiempo me enteré que lo de Marina con “conmigo misma” había terminado. Me llamó y, con un discurso maduro, superado y aprehendido, la mandé bien a la mierda.
Yo volvía al pueblo para las fiestas. Me acostumbré a que la gente hablara de mí tapándose la boca. Al fin y al cabo yo lo hacía antes con las desgracias públicas ajenas.
Y ahora Marina estaba ahí, del otro lado de la línea, pidiéndome algo que yo no terminaba de entender.
Por las dudas, contesté a la defensiva.
—Fue un momento raro, no me acuerdo de todo lo que firmé.
—Cuando firmaste los papeles de la muerte de papá, quedaste como “titular”, digamos, de su parcela, de sus restos. Conclusión: los huesos de mi viejo están a tu nombre.
Chasqueé la lengua, incrédulo.
—Nah, debe estar mal…
—No, no está mal —me frenó—. Viste cómo se maneja todo lo municipal acá…
En mi pueblo, todo lo descabellado sonaba posible. Era una especie de Springfield implantado en la provincia de Buenos Aires.
Las dependencias públicas funcionaban pésimo. El cementerio, por caso, tenía denuncias de enterrar al tún-tún cajones que la última inundación había sacado a flote. En mi pueblo, ya nadie sabía con certeza ni siquiera a qué muerto le rezaba, a qué cadáver le dejaba flores.
—O sea —calculé—, tendría que viajar hasta allá y firmar un papel que te permita a vos disponer del cuerpo de tu viejo. Tan sencillo como eso.
—Sí, es una pavada el trámite.
Hice una pausa y noté, en ese momento, que se me había acelerado el corazón.
De golpe, a contramano de 32 años de ser indulgente y pacificador, me sentí poderoso y vengativo. Recordé las burlas del pueblo. El destrato de Marina. Los bíceps de Marcos, el dueño del gimnasio Atlantis.
Seguro se le heló la sangre cuando me escuchó decir:
—¿Y si no quiero?
Me dijo que era una broma de mal gusto. Yo le dije que mal gusto tenían las milanesas de soja. Cuando empezó a notar que hablaba en serio, dijo que mi actitud era cruel. Que me podía pagar, que lo tomara como una compensación, como un trabajo. Le pregunté cuánto me pagaría.
Quiso saber si la estaba extorsionando. Le dije que todavía no, pero que quería saber cuánto estaba dispuesta a poner. «No puedo creerlo», dijo. Cerré los ojos y, aunque mi mente sabía que no era una broma en absoluto, le dije:
—Te estoy cargando. El sábado estoy ahí —y corté.

Era martes, la noche estaba ideal y quise despejarme. Invité a Chicho a tomar una birra a casa. Chicho era mi mejor amigo y era el faro de la inmoralidad. Éramos del mismo pueblo y nuestra amistad era un milagro. Opuestos en gustos, ideologías y comportamientos. El yin y el yang.
Él siempre me decía, con esa voz de asfalto, ronca de pucho, whisky y tantas cosas más, que yo me tenía que joder de todo lo que me pasaba porque era un buenudo:
—Pero no “bueno y boludo”, eh. Bueno y pelotudo, boludo como que te queda corto, no te hace justicia. Flojito. Pajero.
Cuando le conté de mi respuesta a Marina se cayó de culo. Escupió sobre mi parquet el trago de cerveza que estaba tomando, abrió los ojos como cuando el Diego gritó el gol a Grecia y se empezó a tirar cerveza en el pelo. Después corrió y de un abrazo me tiró contra el sillón.
—¡¡Yo sabía que en el fondo eras un hijo de puta!!
Me lo aparté con asco, puteando por el pegote en el piso.
—La concha de tu padrino, Chicho. ¿Cómo mierda vivís en sociedad?
—«Sociedad» es un concepto muy de puto. Vos sos un profanador de cadáveres, no podés hablar así.
—No seas pelotudo, obvio que le voy a firmar. Me dio pena. Pero me sentí bien con ese golpe bajo.
—No firmes nada. La venganza es un plato que se come mejor a toda hora.
—No es así la frase.
—Me chupa los dos huevos si es así o no la frase. Salud —dijo, y bebió haciendo ruido.

Cuento esto para dimensionar lo que significaba que Chicho, un día después, me llamara llorando como un niño.
—¡Ricky! ¡Se me murió el Ricky, boludo!
Ricky era su caniche toy blanco. Dudo que en todo el mundo existiera algo más por lo que Chicho sintiera algo parecido al afecto.
Con su look anarcopunk, sacaba a pasear a Ricky, lo trataba como si fuera un bebé y el universo entraba en un bache. Un gigante desaliñado, barbudo, hosco y brutal con un perro hecho de pompas de jabón. No había poeta ni Stephen Hawking que no naufragara intentando describir eso.
Cuando llegué, Chicho todavía lo estaba abrazando, sentado chinito en el piso, vulnerable como no lo vi nunca. Los mocos se le estiraban en las mejillas, como a los nenes. Cada tanto se los limpiaba distraídamente con el lomo inerte del malogrado Ricky.
Le sugerí enterrarlo pronto, con la mayor delicadeza que pude. Aceptó, pero me pidió que estuviera presente.
Varias cervezas después le propuse que me acompañara al pueblo.
—Te distraés un poco. Tiramos algo en la parrilla de la casa de mi vieja.

Más de cuatrocientos kilómetros después, fumábamos sentados en el pasto, hipnotizados por las brasas de una bondiola desmenuzada.
—Firmale todo. Los muertos son sagrados.
—Me dijiste que la mandara a cagar, Chicho.
—La gente cambia.
—¡Eso fue ayer!
—La muerte te hace mejor.
Dudé de ese postulado.
—No, al final te acostumbrás, como a todo… —por alguna razón me colgué mirando los restos grises del fuego extinto —¿Habrá una bolsa dura, o algo así?
Cuando Chicho se quedó dormido, agarré la palita jardinera y junté las cenizas en una caja.

Al otro día me encontré con Marina en el cementerio. Miento si digo que no me impactó verla. No estaba linda. Eso me alivió. Estaba sola. Eso también.
—Mamá prefirió no venir… ¿Podremos ir directo a la administración, firmás y chau?
—Eeeh, sí, mirá… —Marina me miró—. Quisiera hacer yo el trámite.
Soltó los hombros.
—Sí, sí. Tenés que firmar vos.
—No me entendés. Quiero ocuparme de la cremación.
—No, de ninguna manera.
—Bueno, no firmo nada —le dije, como un chico.
Su cara estaba transformada por la confusión.
—Fede, no puedo creer. Vos no eras así.
—Mirá: hablé con los de la funeraria, conocen a mi familia hace como 250 años. Ellos se encargan de todo. Después me dan el envase… No sé cómo se dice, la urna, y te llevo a tu viejo a tu casa.
Conocía su mirada desconfiada.
—¿Por qué? —dudó.
—Estuve pensando. Me parece mucho que pases por esto de nuevo.
—¿Me amenazaste con no venir y ahora querés ocuparte de todo?
Guacha. Era viva para discutir. Pero yo también:
—¿Nunca hiciste algo de lo que después te arrepentiste?
Hizo una pausa y dijo que sí, intentando secarse las lágrimas antes de que se le cayeran. No lo logró. Ahora sí estaba linda.
—Andá. Te aviso cuando termine. Te llevo lo que me den.
—Gracias. Mi papá te quería mucho.
Puse el vientre duro para que esa piña no me desarmara.

Salí del crematorio con Carlos en una urna y encaré para la casa de mi mamá. Cuando entré, me chistó pidiendo silencio.
—¿Y Chicho? —le pregunté.
—Está acostado —susurró—. Vio dos veces Marley y yo y se quedó dormido, pobrecito. Recién fui a sonarle la nariz.
Le pedí a mi vieja que pusiera la pava. Mientras se distraía con eso, llevé la urna hasta el patio y la dejé al lado de la palita de jardinería y la caja llena de brasas frías de la bondiola del día anterior. Cuando agarré el destornillador me temblaba mucho, muchísimo la mano.
A Marina le toqué timbre recién tipo cinco de la tarde.
—Perdón. Tomé unos mates con mi vieja antes de volver a Buenos Aires.
Le extendí la urna con un gesto que intentó ser solemne.
—Gracias. ¿No querés pasar?
—Tengo la camioneta en marcha. Y está Chicho, que te odia.
Hizo un gesto comprensivo y, fiel a su costumbre, me sacudió cuando menos me lo esperaba.
—Perdón por todo. Nunca mereciste algo así. Estoy en deuda con vos.
Tragué saliva por reflejo.
—No me debés nada. Hacé de cuenta… Que estamos a mano.
Le señalé la camioneta y me fui.
Cuando subí, Chicho me preguntó:
—¿Te acordás de la pintada?
—¿Qué pintada?
—Cuando saltó lo de Marina y el del gimnasio —acompañó el grafiti imaginario con la mano en el aire—: «Marina, te coge todo el pueblo».
—No me acordaba, pero gracias.
—La pinté yo.
—Qué hijo de puta.
Chicho siguió:
—No deberías haberle devuelto nada a esa mina.
—Ayer me dijiste lo contrario, boludo.
—La vida te dio una revancha y vos fuiste un pelotudo, como siempre. Un buenudo.
No contesté y me sonreí con malicia. A Chicho le brilló la mirada.
—¿Qué? —preguntó intrigado.
Jugué con su ansiedad.
—Nada…
—¿¡Qué!?
—Cuando te dormiste, limpié la parrilla. Y me guardé algunas cenizas…
Chicho empezó a abrir los ojos grande. Muy grande.
—Qué hiciste, Fede. Qué hiciste, por dios o la mierda que exista decime qué hiciste.
—La cremación, como prometí.
Chicho saltó como si le hubieran revivido a Ricky. Me abrazó y me hizo pegar un volantazo que casi nos hacemos mierda contra un Scania y para siempre.
—¡Sos mi hijo de puta favorito! —gritó, orgulloso.
Cuando se le pasó la excitación y se quedó dormido, me reí de su inocencia.
A mitad de camino paré a mear al costado de la ruta. Bajé la caja de la parte de atrás de la camioneta y volqué las cenizas sobre el pasto. El viento empezó a esparcirlas por todo el campo. «Mejor», pensé. Había leído que los restos de carbón eran buen abono para la tierra.

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